martes. 28.06.2022

Para cuando Gilberto Gallegos, Beto, llegó a Uvalde hace 45 años, Celia Martínez ya vivía allí con su familia. La abuela de Salvador Ramos daba clases en la escuela de primaria Robb en la que su nieto entró el martes a tiros, perpetrando la segunda mayor masacre infantil de la historia de Estados Unidos.

El hombre, de 82 años, fue testigo directo de esa sangrienta estampida porque a esa hora estaba en el porche, «ahí mismo donde estás tú», dijo a esta reportera. Tan cerca de la casa de su vecina de enfrente que oyó el disparo que Santos le metió en la cara. Acto seguido vio salir volando por la puerta una bolsa con munición que se quedó donde ahora picotean las gallinas y detrás el muchacho de 18 años como un vendaval. Se metió en la ranchera — «que su abuela nunca le hubiera prestado»— y que «no sabía conducir», pero logró mover la palanca y arrancar con un chirrido hacia la escuela.

«¡Mira lo que me ha hecho mi nieto!», le lloró la mujer con la cara ensangrentada.

Apenas le estaban limpiando la sangre cuando oyeron los disparos procedentes de la escuela. Su esposa llamó a la policía y corrieron a esconderse, no fuera a volver.

Uvalde, que era mayoritariamente anglosajón cuando él llegó, estaba teniendo su experiencia más americana.

Todo se ha americanizado, desde el nombre hasta el apellido. Uvalde es como los gringos pronunciaban Ugalde, nombre que recibió en 1856 por el gobernador Juan de Ugalde, procedente de Cádiz.

A Beto también le cambiaron el apellido a Gallegas en su documento identificativo. «Y me costó mucho tiempo y dinero recuperarlo», se queja.

Pero ningún cambio, ni el de los migrantes que ahora trafican con drogas en vez de sueños, le ha resultado tan doloroso como el de ver a su vecina con la cara destrozada de un disparo. «Está bien, me ha dicho su marido, pero va a necesitar muchas operaciones», apunta.

El hombre que lo vio todo en Uvalde
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