viernes. 27.01.2023
CUANDO mi primo me anunció por carta certificada su propósito de presentarse en las elecciones municipales de León capital para lo que fuere menester, me dio un pálpito, como cuando se nos aseguró que el tren de mucha velocidad se disponía a trazar el rumbo pasando por León. Y no es porque a mí personalmente me parezca que para ocupar un cargo, de concejal, por ejemplo, en cualquiera de los municipios de medio pelo de la España del chapapote, me parezca un puesto de tan alto grado como el de Abad de la Real Cofradía del Santo Cirineo de nuestro pueblo, sino porque «El Basilio» se caracteriza y por ello es conocido y honrado en su mundo, como uno de los seres menos dotado para todo que andan sueltos por el mundo. -¿Y eso qué importa? -me replica- tíos más zoquetes que uno ocupan escaños, estrados y presidencias, sin que se les caigan los anillos ni sean fichados por la Guardia Civil. Naturalmente no estoy en condiciones de entablar un debate con mi primo, al modo como suelen hacerlo esos profesionales de la comunicación hablada que aparecen en la Televisión, después de lo del Gran Hermano, pongo por documento histórico y documental de la Televisión española y de los grandes extravíos europeos, y me limito a preguntar a mi politizado primo y sin embargo amigo de toda la vida: -Pero, coño Basilio, si tú tienes menos luces que un sótano, ¿qué coña vas a pintar en el municipio? -En primer lugar -me soltó al primer bote- ni soy tan mendrugo como parezco, ni creo yo que si la Casilda, la del Antón, fue admitida en lista de mujeres maltratadas para representar a la clase, no existe ningún motivo legal, ni físico ni intelectual para que yo no pueda ocupar un lugar en el banco. Porque para eso tengo programa, programa y programa, que es lo que exigía el líder de la izquierda adosada para los adictos. Y dado que conozco León, cuando menos tanto como Don Mario Amilivia, al que considero uno de los alcaldes más en línea de toda la historia desde el Marqués de Fuenteoyuelos hasta la hora presente, me decido a presentar mi candidatura en la seguridad de que no haré más el indio que cualquiera de los candidatos y candidatas que pueden presentarse. Por ejemplo, en primer lugar, procuraré que nadie dentro de la Casa de la Poridad juegue a las apariencias, al camelo, al cuento de María Sargento. Las propuestas que se presenten a los plenos deben ser lógicas, procedentes y benéficas, sin que a nadie se le permita inventar asociaciones, juegos de divertimiento o festivales para barrios deshabitados, con la falsa justificación imposible de convertir una ciudad como la nuestra, que adolece por do más pecado hay, de ramplona, costosa y aburrida. Aquí o sea en mi Ayuntamiento el que no valga, para la Cultural o para el Gremio del Desenclavo. Lo que no se debe admitir, así lo ampare el Lucero del Alba, son listillos, comadres o profesionales del botafumeiro. Se tomó un descanso mi primo mientras encendía un pitillo, a pesar de mi advertencia de que el tabaco mata, y continuó: -La Municipalidad de ciertas Ciudades, entre las cuales tal vez, quién sabe muy bien pudiera incorporarse a León, pecan de despilfarradoras y no es rigurosamente cierto, si advertimos el número creciente de parados por falta de ocupación legal y la gran cantidad de jóvenes instruidos y dispuestos que se ven obligados a emigrar a Marruecos para encontrar un medio digno de vida. Lo que suele suceder es que las administraciones -salvo excepciones que a lo mejor confirman la regla- no saben emplear los dineros del común. Don José Eguiagaray, que en paz descanse, impuso durante el tiempo de su mando, un principio saludable para el Municipio: «Los dineros del común, decía, son sagrados». Y este entendimiento sacro de nuestros denarios, euros, pesetas o lo que quede en presupuesto después de pagar sus muchas deudas es el que debe imponerse para un futuro menos complicado que el presente... No es de recibo la operación llamada de apa

Lo que León necesita