sábado 25.01.2020
roberto álvarez martínez

el san pedrín del castro

el desván del creador del grupo san pedro del castro es un compendio navideño y semanasantero puramente leonés. este enredabailes lleva desde 1988 siendo abanderado de la cultura popular en puente castro abanderada«gracias a dios que las trasteras de las iglesias se limpiaban poco»
el san pedrín del castro

Hay un retumbe que se le quedó al niño Roberto metido en un lugar muy profundo, allá entre la garganta y la boca del estómago, un rítmico golpeteo que se le vino a constituir en cadencia vital, y esos compases alimentaron luego un afán inextinguible por rescatar y sustentar el imaginario tradicional leonés sin mirar si viene viento o cae pedrisco. Para concretar, aquel restralle lo producía el abuelo Seciliano sentado y tocando la pandereta con la rodilla, una imagen atávica de un tiempo en el que los paisanos tocaban pandero como las tías, estampa remedo de chamán o de hechicero antiguo.

Roberto Álvarez nació en cama de madera con jergón de hoja de maíz sobre entramado de cuerdas, en casa labradora de Santa Olaja de Eslonza, 300 ovejas, 8 vacas, dos yeguas (en una de ellas fue el padre a inscribirlo en el registro de Gradefes) y un burro. Hasta los diez años vivió con los abuelos porque muy pronto sus padres marcharon —se hizo frecuente en el valle— a vivir a Puente Castro, él a la labor con los Presa y en la granja Victoria, y luego en la construcción, primero en casina alquilada con una única alcoba y cocina, y después en aquella en la que aún hoy siguen residiendo. «Los de la comarca venían mucho a León a vender la lana en el mercado de San Pedro, y también por San Juan, y en una de esas, parando a comer en casa de mis padres, la abuela decía: ‘La capital, la capital, ¡pero si esto es igual que un pueblo!’», refiere Roberto, y con la anécdota va el hecho cierto de que lo que hoy es barrio antes era puro pueblo de tapias y vacas donde se segaba y trillaba.

Y hasta que con los diez viajó para vivir con sus padres en Puente, iba con la vecera y arrancaba titos, y aprendió muchas coplas y tonadas con su carnavalera tía Dolores, y con el abuelo panderetero y a la vez muy rezador, y para poder recibir propina el día de la fiesta tenían los nietos que cantarle, fuera lo que fuese («¡tú vas para cantante!», les decía). Hizo cestos, ayudó a coger el centeno, el trigo, la cebada, los garbanzos, los yeros... y sentado en las pesebreras aprendió de los vecinos a recitar el Rosario de la Buena Muerte y muchas cosas más. Pero los padres lo llamaron por fin a su vera —y llegó la escuela de Puente, y luego la mili y después, a trabajar—, y desde entonces Roberto Álvarez ha sido el abanderado de la cultura tradicional en el ayer pueblo y hoy barrio. «Aquí hubo mucha costumbre de llevar el carro a San Froilán, ¡salían hasta trece carros!», recuerda, y él mismo lleva 39 años yendo a la fiesta en carro, incluso cuando lo prohibió Villarig fue Roberto el encargado de conducir el único en aparecer llevando las Cantaderas. «Eso sí, se nos rompió la vara y nos tuvo que llevar el carro... la grúa», especifica. Recogió muchos cantares de aquella aldea que era todo Sobarriba, como un excelso Miserere, y en 1988 fundó el grupo San Pedro del Castro con el que ha hecho de todo: teatro, filandones, trillas, pastoradas, actos de Semana Santa... por todo León, provincias limítrofes y Portugal. Y avíos de todo ello guarda, muy curioso él, en un desván que es arcón de pueblo con ramos de todas las comarcas, indumentaria, reproducciones, pasos, altares, instrumentos, libros de escuela antigua... y hasta una Virgen de tamaño natural.

«La gente de aquí siempre se dedicó a servir a León, las mujeres no paraban de lavar ropa y se hacían muchas matanzas para la capital», cuenta, y de ahí que una mujer que tenía que pasar unos jamones por el fielato del puente (la caseta donde se cobraba una tasa por introducir mercancía en la ciudad), decidió poner ropa lavada sobre el burro y sentarse encima. «¿Qué lleva usted ahí?», le preguntó el guardia. «Pues los jamones, ¿no los ve?», respondía ella, alegre, palmeándose las cachas. «Ande, ande, tía guarra, tire», le dijo. Y pasó. Pero hay infinitas, como la costumbre de hacer especie de barricada quemando paja para que no pudieran pasar los mozos que venían de San Froilán hasta que no pagasen las avellanas, o que de Puente «salía grava para todas las obras de León». Señor entre aperos, mira los valiosos ramos que ha recuperado y dice: «Gracias a Dios que las trasteras de las iglesias se limpiaban poco».

el san pedrín del castro
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