martes. 07.02.2023

Entre la indiferencia general (a falta de jaleo, humo y estrépito en la plaza Tahrir) concluyeron las elecciones legislativas egipcias y, pese a la inigualable parsimonia oficial y el hecho de que se celebren en tres rondas y a dos vueltas, es decir durante más de dos meses, confirmamos lo que ya sabíamos: han ganado, y de qué manera, los islamistas.

En puridad, no han terminado las legislativas, porque falta elegir la Cámara alta, de modo que hablamos del equivalente a nuestro Congreso de los Diputados. La primera cuenta, la de sumar a todos los islamistas, daría mayoría absoluta (la Cámara reúne 508 escaños) pero está, y siempre ha estado, excluida. Como nos decía un hispano-egipcio con ironía, «el resultado-sorpresa de los salafíes es una bendición para los Hermanos que les señalan con el dedo cuando un observador novato pregunta por un islamista aberzale»

En unos cuantos meses la percepción de la Hermandad, fundada en Isamilía por Hassan al-Banna hace más de ochenta años, ha pasado de espantajo religioso blandiendo la sharía en interpretación estricta a una especie de bendición en cuanto que partido de gobierno realista y moderado que podrá, con una práctica inteligente, actuar como un muro de intachable reputación contra todos los excesos. Su última exhibición en ese sentido ha sido la de reiterar que apoyarán para presidente «a quien apoye el pueblo egipcio y si es un copto, lo mismo». Ellos no presentarán candidato a la jefatura del Estado. Los Hermanos han manejado magistralmente su papel en el proceso de cambio de régimen y lo han apuntalado en momentos cruciales, incluso alienándose a parte de la opinión por lo que suena a veces a acuerdo secreto con los militares, negado enfáticamente. Ahora se ven como partido de Gobierno y aguardan el fin del largo proceso constituyente antes de formar un gobierno allá para el verano, con nueva Constitución. Entonces llegará la prueba de la verdad: tendrán que gobernar y comprobarán que la situación social y económica es tan delicada que, como escribía ayer en ‘Al Ahram’ Amira Howeidi, «estarán tan ocupados que no tendrán tiempo para perderlo en debatir si hay que prohibir el bikini». Exacto.

islamistas sin drama en egipto
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