jueves 5/8/21
el municipio menos poblado

Rurales y resistentes

En Los mojones de piedra se ha borrado el punto kilométrico. la carretera está hundida y parcheada. llegar a los pueblos de castrillo es como un viaje al fin del mundo. allí resisten 152 hombres y mujeres de cabrera
Adelina Álvarez y Sergio Álvarez son testigos de casi un siglo en La Cabrera, en Odollo, donde criaron a ocho hijos. Casi todos son pescaderos en Madrid. El longevo matrimonio prefiere vivir en el pueblo.

El silencio reina a la orilla de Nogar. Sólo el rumor del río Cabrera y las cabras de Esperanza, con su chivi, chivi, hablan a las casas vacías y medio caídas de la alameda. La arquitectura vernácula se desdibuja entre la ruina de unas y los aires de grandeza de alguna casa de inspiración centroeuropea. Huella de la emigración a Suiza. Hay que cruzar el puente y adentrarse en el pueblo para ver gente. Dos mujeres charlan a la puerta de casa, una mayor y otra de mediana edad, la más joven del pueblo.

«Yo nací en Buenos Aires y me trajeron a los dos años. Mi madre murió del parto. Yo venía enferma y a mi padre le decían que me tirara al mar...», cuenta Esperanza Lorden Gómez, de 82 años. No hizo caso. Su padre era de Odollo y allí vivió ella hasta que se casó con un pastor de Nogar.

El marido, diez años más joven, sin afeitar y con las botas roidas por sendas y peñascos, sale del pueblo detrás de las ovejas y con el zurrón a la espalda. «No vuelvo hasta la noche. Dí que me den una ayuda para quitarme de subir al monte», es lo primero que habla. ¿Quién es usted? «Me llamo Juan», responde. Su mujer le llama mentiroso. «Es Bernardo Madero Ballesteros». «Hay tantos que mienten y después hacen lo que les da la gana...», se justifica el hombre.

¿Y cuánta gente vive aquí? «A 20 no llegamos...». En el padrón figuran 26 habitantes, 14 hombres y 12 mujeres. Hay algunos habitantes de papel. «La de esta casa está para Asturias, se murió el marido y se fue con los hijos... aquella es de aquí pero vive en Barcelona...», informa la mujer.

Se me agarra del brazo y me lleva calle abajo hacia el río, hasta una cuadra donde guarda las cuatro cabras que se unirán al pequeño rebaño de ovejas. «Aquí se vive mal, hay poca gente», lamenta. La soledad se hace más dura con los años y los achaques.

Tiene que ir a León al médico. Anda mal de la vista y del corazón. Hace unos días cayó desplomada en casa. La subieron al centro médico de Truchas y ahora tiene que ir al especialista a León.

El consultorio local abre los viernes. Allí está colgado el tablón de anuncios: reparto de árboles, vacuna antirrábica, normas para la matanza, recaudación del IAE. Todo del 2011. De antes del invierno.

La riqueza de la pizarra

La visita de la cartera es una de las pocas que reciben, si es que hay alguna carta. Isa, como conoce todo el mundo a Basilisa Rodera, llega con su coche y el cajón del correo en el asiento del copiloto. Sale temprano de Castrillo de Cabrera, donde nació y vive después de una breve experiencia migratoria. Hay pocos en La Cabrera que no hayan probado fortuna en otras tierras. Isa va a Truchas, en La Cabrera Alta, a recoger el correo, por el alto de Peñaguda. Luego baja por el Carbajal y comienza el reparto en Quintanilla de Losada, en el municipio de Encinedo. Lo primero, el periódico, en el bar-hotel Viforcos.

Aquí resiste un joven empresario «gracias a la actividad de las canteras, porque la obra pública se vino abajo y a cazar, con la crisis, ya sólo vienen los buenos, pocos», comenta. La cartera entra en su municipio después de repartir el correo en Robledo de Losada. Y lo hace por Nogar, el pueblo mejor comunicado de los que integran el Ayuntamiento de Castrillo de Cabrera. Se llega bien desde Truchas por el Carbajal y también desde Corporales, donde acaba la carretera de El Morredero, que viene desde Ponferrada, por el Alto de Peñaguda.

Por la umbría

«Esa carretera tenía que venir por el solano y un cura, por acercarla a Nogar, porque era de allí, la trajo por el norte y va toda por la umbría», se queja Graciano González, uno de los cuatro vecinos que resisten en Saceda, el segundo pueblo del municipio si se entra desde Nogar. «Ahora hicieron los forestales un camino de ocho metros. Ya les dije: Hacer una buena carretera y asfaltaila», agrega.

Saceda tiene una espléndida vista desde la carretera de Corporales a Odollo, los 45 kilómetros más tortuosos y desvencijados del mapa provincial. El caserío, encaramado sobre la colina, ofrece una imagen de postal. Al atardecer los tejados de pizarra destellan luz plateada. «Antes dejaron hundir las casas y ahora han vuelto a arreglarlas», comenta el hombre. Adentrarse en sus calles implica hacer pierna. Todo son cuestas. Graciano tiene 79 años y se ayuda de un cayado, que también le sirve para espantar a las vacas que rompieron su plácida siesta.

Cuando llegó al pueblo doña Virginia, cuando él era un chaval de escuela, la maestra le llamaba para que le diera el brazo porque tenía miedo a caerse al bajar las cuestas. «Con el tiempo se hizo al terreno y subía y bajaba como si hubiera estado vivido aquí toda la vida», añade.

A Truchas, en taxi por un euro

La cartera pasó de largo por Saceda. No había correo. Y casi ni gente por la mañana. Porque Graciano y su mujer, la mitad de los habitantes de hecho, fueron a Truchas «al centro de salud, por el Sintron», explica. Al hombre le mosquea que en Odollo, Castrillo y Marrubio hagan la prueba del anticoagulante en el consultorio. Ya preguntó al equipo sanitario: «¿Por qué a todos se lo hacéis en su pueblo menos a mí?. Me dijeron que no había donde enchufar la máquina. Pues en mi casa tengo un enchufe hermoso...». Así que el día anterior avisa al taxi para ir a Truchas. «Nos cuesta un euro cada uno», aclara. Es el transporte a la demanda, que sustituye a los coches de línea en el medio rural. Es uno de los pocos servicios que aprecia el vecindario, alejado de León 144 kilómetros y 70 de Ponferrada. Castrillo de Cabrera es el municipio con menos densidad de población de la provincia: 1,3 habitantes por kilómetro cuadrado, según el último informe de población de la Diputación provincial.

Un total de 152 habitantes habitan este extenso y olvidado territorio de 115,5 kilómetros cuadrados. En los dos últimos años nacieron cinco criaturas en el municipio, pero ninguna de estas familias vive ya aquí. Se fueron a Ponferrada, a Puente, a La Baña, a Truchas y a La Bañeza. «La carretera nos está condicionando muchísimo», insiste el alcalde Tomás Blanco.

La escuela más cercana es la de Quintanilla de Losada. Las de Castrillo se cerraron hace más de 20 años. En todo el municipio los únicos servicios de hostelería que hay son una casa rural de alquiler en Odollo y un mesón en Marrubio, con horario de mañana. La mujer que lo atiende trabaja media jornada en la pizarrera del pueblo porque el negocio no da para un sueldo.

En Castrillo de Cabrera hay dos canteras, la de Marrubio y la Odollo. Entre las dos suman casi tantos empleados como habitantes tiene el municipio. Pero muy pocos trabajadores viven en la zona.

Francisco Centeno y Esteban Alonso, del barrio de Abajo de Odollo, son dos de los resistentes. Francisco estuvo 27 años en Madrid y regresó a su pueblo para trabajar en la cantera. Vive rodeado de misinos, que alimenta con pienso específico para gatos. Su compañero y vecino Esteban probó tres lustros en la capital y también regresó. «A la cantera viene gente de Ponferrada y hasta de Bembibre, a trabajar por 800 euros. ¡Cómo estarán las cosas1», comentan.

Añoran el tiempo los años en que había más de 600 habitantes en el pueblo. No cambian la tranquilidad de La Cabrera por el ajetreo de la gran ciudad. Pero también apuntan a la carretera: «Mira la que tiene Encinedo y la que tenemos aquí», dice el corrillo.

Parches y emulsiones

La Diputación ha respondido a las peticiones del alcalde de Castrillo con una propuesta poco alentadora: «Se va a proceder a reparar, a la mayor brevedad posible, los tramos más deteriorados que supongan riesgo para la circulación de vehículos y cuando las condiciones meteorológicas lo permitan, se mejorará el firme, mediante tratamientos superficiales con riegos de emulsión asfálticas y áridos», reza el escueto informe del ingeniero jefe del departamento de Fomento.

Al diputado socialista del partido judicial de Astorga, Joaquín Llamas, le parece «un parche que no soluciona la terrible problemática existente. Están condenando a este municipio», sentencia. Las únicas actuaciones para remodelar carreteras provinciales se han realizado en zonas Miner.

Sergio Álvarez, a punto de cumplir los 92 años, se acuerda de cuando no había ni carretera y «había que sacar a los enfermos en carros. Se echaba un colchón encima y esa era la ambulancia», comenta. Para él y para su esposa no hay otro lugar mejor: «Mientras estemos los dos, nos hacemos compañía». En su larga vida, sólo han pasado doce años fuera de La Cabrera: «Por voluntad de los hijos estuvimos en Madrid 12 años en una portería, pero en cuanto pudimos, volvimos aquí», explica Adelina Álvarez.

El viejo lagar

En los viejos tiempos las viñas abundaban en el pueblo. «Ahora mi marido pone cuatro berzas para tener para un caldico», comenta. El lagar, con su imponente prensa, y la casa del guarda de las viñas son dos de los recuerdos que quedan de aquella vida de subsistencia. Los vecinos del pueblo han recogido en un antiguo pajar rehabilitado aperos de labranza, enseres y mobiliario de la casa, faroles y candiles, carracas y hasta la maleta de la mili de Peregrín. Todo inventariado a nombre del dueño y con su nombre. Un rincón etnográfico singular.

En Odollo, el afamado saxofonista de la Orquesta Sonora y Adelina criaron a sus ocho descendientes, todos ellos bautizados por el cura don Manuel, el más singular personaje que dio a conocer Ramón Carnicer tras el viaje que realizó en 1962. «Nos retrató a los músicos, a los santos y al cura», recuerda el hombre.

El matrimonio levantó su casa frente a la iglesia, con su torre torcida, conocida como la Pisa de La Cabrera. Sergio Álvarez es el único músico que queda. Ahora tiene los dedos torcidos por la artrosis, pero guarda en su memoria los 18 años danzando con la música por La Cabrera y el Bierzo. Los demás, cuenta mientras muestra un retrato de la Orquesta Sonora, «dieron en emigrar a Francia y fui quedando solo».

«El cura viene cuando viene»

Manuel Bruña estuvo al frente de la parroquia de San Pedro durante 37 años en el pueblo y allí está enterrado. La que fue su casa ahora es un local social y la huerta un campo de fútbol y pradera de recreo para la pulpada que preparan en verano. «Ahora el cura viene cuando viene», dice el presidente de la Junta Vecinal, Antonio Fresnadillo.

La iglesia está cortada a la mitad para evitar riesgos y la imagen de San Pedrín en Astorga. «Cuando no llovía se sacaba al santo y si no obedecía, lo mojaban», cuenta el pedáneo, un minero jubilado que ha elegido el pueblo de su esposa para el retiro. «El clima es muy bueno para el problema de la silicosis», aclara.

Es la tercera vez que asume el mando del pueblo. El PSOE y el PP le cerraron las puertas después de encabezar sus candidaturas y fue acogido en el Mass. «Estuve a punto de no poder participar porque me sacaron mal en el Bocyl. Me ponían en Saceda». Fresnadillo mantiene una lucha de David contra Goliat con la cantera Expiz. «Debe más de 100.000 euros a la Junta Vecinal, tenía 45,5 hectáreas para restaurar y no lo ha hecho. Llevo tres años denunciando en la Junta y no hay movimiento. A mí no me llega nada», lamenta.

La curva de la cantera es para tener cuidado. En invierno por las heladas —Castrillo de Cabrera está a 1.067 metros de altitud— y en verano por el polvo que levanta la actividad pizarrera. «Nos ha llevado los puentes de Santa Elena —la ermita de Lomba— y nos cerró los caminos. Si quité la denuncia fue por los trabajadores», agrega.

En Odollo viven en invierno una veintena de personas. En verano se juntan entre 200 y 300. En el padrón son 38 habitantes oficiales, el segundo pueblo más poblado del municipio después de Castrillo, que tiene 39 residentes de derecho. «Si se hacen fusiones, nos conviene más para abajo —a Ponferrada hay 70 kilómetros— que para arriba, porque tenemos León a más de 140 kilómetros», añade.

La dependencia sanitaria de León es uno de los inconvenientes que encuentra Amelia Cañueto, vecina de Marrubio. Vive en el pueblo cuidando a su padre y a su madre, «y nos dejan ir a Ponferrada al hospital. Si quiero llevarla allí, tengo que pagar el taxi», lamenta.

Trabajó en Barcelona, Alicante... y luego en la cantera. Ahora espera que le reconozcan la ayuda de la dependencia como cuidadora. No tiene muchas esperanzas. «Mi madre es diabética y ya no me dan las tiras», dice aludiendo a los sucesivos recortes que se producen en el sistema sanitario.

De Barcelona a Marrubio

En Marrubio hay otra mujer de mediana edad que vino desde Barcelona para cuidar a su padre y a su madre. El padre murió y ahora está con su madre. Intenta poner unas berzas en la huerta, bajo la atenta mirada de su madre. «Toda la vida, desde los 17 años, he estado en Cataluña y venir aquí de vacaciones está bien, pero para vivir es duro: no hay gente y el médico está lejos», comenta. No puede solicitar la ayuda a la dependencia porque no lleva empadronada el tiempo suficiente en Castilla y León para que le reconozcan el derecho.

Dorita Barrio vive encantada en Marrubio. Hace años vivió en Madrid, mientras sus hijas estudiaban. Ahora, abuela joven, es una de las escasas habitantes del pueblo. Su marido es el alcalde y pasa la mayor parte del día fuera. Se dedica a la transformación de pizarra en Lomba, en el vecino municipio de Benuza, donde ha creado una empresa con 20 puestos de trabajo.

Tomás Blanco, el único alcalde del PSOE en La Cabrera Baja, ha mandado más de quince escritos a la Diputación en los últimos años para solicitar el arreglo de la carretera, que lleva «más de 30 años sin reparar». Es consciente de que es una obra que por su coste —unos 18 millones de euros— no puede afrontar la institución provincial en solitario. A lo largo de estos años se ampliaron tres curvas «porque la cantera de Marrubio puso la maquinaria».

El alcalde se queja del desigual trato con otros municipios de la zona. «En Benuza tienen ADSL porque tienen fibra óptica, a aquí sólo tenemos Internet con capacidad para 46 KB; en La Baña tienen 10 MB», explica. En Castrillo de Cabrera pagan la luz del repetidor para recibir la señal de telefonía móvil y también tuvo que realizar una inversión municipal para afrontar el cambio de la televisión analógica a la digital. «Hace 26 años hubo un reventón y se cortó la carretera a pico. El Ayuntamiento pagó un millón de pesetas», agrega Blanco.

La carretera, insiste, «echa mucho para atrás: es estrecha y tiene muchos precipicios». Esta vía provincial, la tercera más larga de las que dependen de la Diputación después de la de Ponferrada a Truchas por el Morredero y la de Vega de Espinareda a Balouta, no conoce los quitamiedos.

La gente de la zona está acostumbrada. Los pocos vecinos que quedan viven a gusto en Noceda de Cabrera. Un pueblo con dos ganaderías y nueve habitantes oficiales. «Hace 25 años que vine y estoy encantada. No lo cambio por nada», dice Sagrario Gallego, titular de una de las explotaciones. Claro que, teniendo ganado, «hay que pasar rabias», sentencia Milagros Eleno, ya jubilada. Bajo el brazo, lleva una rama de sardón «para los bichines». Y que no falte. «Que viene primavera mala», sentencia la joven.

Rurales y resistentes
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