sábado. 28.01.2023

Cuando el escritor portugués Miguel Torga pasó por León, en septiembre de 1951, recibió de la ciudad un destello muy diferente a la gran mortaja de rastrojos que le iba pareciendo el resto del país. «Un claro de lógica en un espeso bosque de absurdos», anotó en su Diario, que es uno de los grandes libros del siglo veinte. Los amigos portugueses me regalaron estas Navidades Diário Douro, una joya con fotografías de Paulo Magalhaes. Torga era el seudónimo de Adolfo Rocha, un otorrino de Coimbra acechado por la dictadura salazarista. Este martes se cumple el aniversario de su muerte, cuya anotación voy trasladando de agenda desde hace dieciséis años. Es una manía muy personal, que permite ventilar cada mañana el devocionario de ausencias. El miércoles, Guillén, Pino y el jovial Paco Vigui; el jueves, Tierno; y así sucesivamente. Algunas se tornan opacas y ya no dicen nada.

Torga había nacido en una aldea de Tras Os Montes, la comarca portuguesa que prolonga nuestra geografía sentimental al otro lado de la Raya. El escritor escogió su sobrenombre literario con especial intención: Miguel, por Cervantes, Molinos y Unamuno; Torga, por las urces que también colonizan los montes de su tierra. En León torga significa otra cosa, quizá más sugerente. Es la presa o retén que se forma con tapines y tierra húmeda para desviar el agua de una reguera. En la comarca de Tras Os Montes no es infrecuente la pervivencia de palabras nuestras. La Constitución de Abril consagró la cooficialidad en ese territorio del mirandés, que es una reliquia del extinto leonés. Apenas cruzada la frontera del Duero por Miranda, topó Saramago con el río Fresno y más tarde, en el valle del Coa, con la palaciega villa de Almendra. También encontró unos cuantos negrillos tutelares, de los que protegían en las plazas los afanes de la gente, hasta que los masacró la grafiosis. El negrillo es el olmo castellano. El Douro proyecta nuestro corazón de roble machadiano hacia poniente.

Aguas abajo del Douro se encuentran la corte de Ansiaes, donde una placa inaugurada por Soares recuerda a nuestros reyes medievales, y los refugios que ampararon el exilio de los comuneros excluidos del perdón, con María Pacheco, la viuda de Padilla, a la cabeza. Este universo tramontano nutre la obra de Torga, que constituye uno de los monumentos literarios contemporáneos. La primera presencia en España de su obra tuvo lugar en los cuarenta, a través de las versiones de poemas y relatos que hizo Pilar Vázquez Cuesta en la revista Espadaña. Sus títulos más significativos se inscriben en la autobiografía o apelan al iberismo. Alcanzó la cumbre con el memorial La creación del mundo, una novela testamentaria cuyos claroscuros ilumina el mosaico del Diario.

Amor peninsular
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