miércoles. 08.02.2023
EN ESTOS inciertos momentos de la historia, los cocineros vienen a ser algo así como los telepredicadores del hedonismo que difunden un cielo de placeres mundanos más al alcance de los intereses medios que la difusa y contemplativa vida eterna de la vieja religión. Es decir: si Dios ha muerto, comamos que nadie nos ve y, además de mover la economía, fabricaremos suculentos cadáveres para los gusanos. De esta manera, las estrellas de la cocina alcanzan espacios antes reservados a la creación y sus propuestas ocupan los huecos que el pensamiento y la belleza van dejando en una sociedad decadente que intenta equilibrar sus vacíos mentales con tortillas de patata deconstruídas y platos de diseño que colmarían los sueños de un senador romano. Este indudable avance de la humanidad que es la gastronomía como referente social -pobre de aquel disidente que, en estos tiempos, no sea capaz de mantener una conversación mínimamente documentada sobre el vino- está afectando de forma notable a la dialéctica de la lucha de clases, de manera que aquellos productos que surgieron del hambre y el aprovechamiento extremo de los recursos son hoy reverenciados en las más notables mesas. En un templo de referencia de la nueva religión, hemos sabido esta semana que se incorpora como plato preferente un ravioli elaborado con el jugo de la mejor carne del botillo y con una guarnición «de esa lechuga berciana que llaman berza», según docta explicación del director del Zalacaín. Si recientemente los análisis de ADN habían revelado que las orquídeas son parientes directos de los espárragos, con grave daño de la ciencia a la poesía, la condición hidalga de lechuga para la berza plebeya cubre las expectativas de este cervantino retablo de las maravillas en que se ha convertido nuestro mundo.

La berza
Comentarios