martes. 05.07.2022

Evolucionamos, pero no tanto. Por eso los dichos, que no sabemos muy bien a qué época se remontan, no pierden actualidad por más que nuestras sociedades sean otras. Ya nadie paga diezmos, evidentemente. En realidad, casi nadie paga nada al común, si exceptuamos a los asalariados con nómina y algún que otro altruista. Según el New York Times, el fraude fiscal es muy común entre las grandes familias, las grandes empresas y la gran banca. La propia Agencia Tributaria española señala que el 74% del fraude fiscal se centra en estos grupos, con un total de 44.000 millones de euros que el Estado español no ingresa. Sin embargo, la gran mayoría de sus investigaciones por fraude se centra en los autónomos y profesionales liberales, cuyo fraude fiscal parece que representa sólo el 8% del total.

En suma, que no hay mucho trigo, pero sí mucha predicación. Tanta que las monsergas sobre recuperación de la credibilidad, resucitación del crédito y crecimiento del empleo se repiten sin rubor en cualquier circunstancia, a pesar de que el producto de esos sermones se acerque más y más al cero absoluto. Sin ir más lejos, esta provincia es un buen ejemplo de ello: hace tiempo que su población activa no da para sostener a la inactiva (pensionistas, desempleados y otros); hace tiempo que las empresas de referencia, con honrosas excepciones, se agrietan, se arruinan o se liquidan; hace tiempo que los sectores productivos más destacados, incluso sus previsibles sustitutos en un nuevo modelo, están siendo exterminados. Pero el mensaje político de las homilías dominicales no cambia: se hace lo que se hace porque no hay otra opción y punto, lo cual nos devolverá la credibilidad, el crédito y el empleo. Naturalmente, nadie cree ya esas prédicas y, como en el dicho de referencia, las gentes reclaman otros alimentos distintos de la palabra de Dios, que es lo más parecido a los actos de fe que los gobiernos nos exigen.

Por ese motivo, porque pretende ser cosecha para pan, es bueno resaltar informaciones que no suelen merecer suficiente atención y que, sin embargo, nos alimentarían más que la mayoría de los titulares y desde luego mucho más que la mayor parte de los sermones. Y es que la Organización Internacional del Trabajo presentó el pasado 31 de mayo un informe titulado Hacia el desarrollo sostenible: Oportunidades de trabajo decente e inclusión social en una economía verde, donde se nos cuenta que la transición hacia una economía verde podría generar entre 15 y 60 millones de empleos adicionales en el mundo durante las próximas dos décadas y ayudar a decenas de millones de trabajadores a salir de la pobreza. Enfrascados como andamos (o nos hacen andar) en las cuitas económicas duras, apenas se ha llamado la atención sobre tal informe que para esta provincia doliente apunta algunas posibilidades de interés. Porque se señala en él que los cambios se percibirán en toda la economía, pero la OIT estima que incidirán especialmente en ocho sectores, algunos de ellos al alcance de nuestra geografía: agricultura, silvicultura, pesca, energía, industria manufacturera, reciclaje, construcción y transporte. Además, esto es doblemente interesante porque, según otro estudio de la Comisión Europea de este mismo año, la creación de empleo en los sectores vinculados al medio ambiente ha mantenido una tendencia positiva durante la recesión en comparación con otros sectores: de los 2,4 millones de empleos en el 2000 se pasó a 3 millones en el 2008 y se espera que lleguen a los 3,4 millones en el 2012.

Es cierto que para ese horizonte se hacen necesarios estímulos más que palabras (por ejemplo, esos 44.000 millones que nos hurtan año tras año), pero también lo es que las palabras se convierten a veces en auténticas tapaderas para los estímulos. Es lo que ocurre cuando, a fuerza de repetir unas ideas y ocultar otras, como las indicadas en el informe de la OIT, predicadores y oyentes acaban limitando la realidad en torno a unos núcleos de interés que parecen únicos a pesar de no serlo. Contra lo que pueda parecernos, el principal problema de España no es ni su deuda ni su déficit ni su prima, sobre lo que no deja de hablarse y de adoptar medidas regresivas que no conducen a ninguna parte. El problema más severo del país son en verdad sus cifras de paro y la tragedia que sobre ellas se erige. Porque, llegado el momento, podrá quizá sujetarse el déficit o amortiguarse la deuda; sucederá incluso que la economía se estabilice y que vuelva a crecer modestamente; y podrá ocurrir que hasta seamos capaces de levantar un dique para frenar la marea del desempleo. Pero a pesar de todos esos supuestos, que no otra cosa son hoy por hoy, las más de seis millones de personas desempleadas a finales de este año seguirían sin tener futuro laboral y el conflicto social no cesaría.

Es urgente, pues, empezar a hablar del trigo mucho más de lo que se habla. No podemos dejarnos enredar en la madeja verbal de los palabreros que han hecho de todos nosotros unos cándidos expertos en economía. Hay que resituar cuanto antes los parlamentos en el eje de lo verdaderamente necesario. Y es imprescindible atender a asuntos de mayor relevancia para el común de la ciudadanía que los índices bursátiles y otros trucos de la posteconomía.

Las prédicas y el trigo
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