sábado 28/5/22

Las elecciones autonómicas anticipadas no dejaron los resultados que pretendía el PP, quien gobernaba la Junta de Castilla y León con Ciudadanos. La abrumadora mayoría absoluta a la que aspiraban para poder administrar en solitario, se ha transformado en debilidad para negociar el gobierno de la Junta.

Con los resultados de los comicios de Castilla y León, el PP se ve obligado a acatar las presiones del partido de ultraderecha que ha venido a repartirse asientos y cargos. Qué rápido han olvidado estos sus agrias críticas cuando Pablo Iglesias le exigió a Pedro Sánchez la Vicepresidencia del Gobierno. El partido verde se adjudicó desde el primer día la Presidencia de las Cortes, la Vicepresidencia de la Junta y tres Consejerías, en un gesto homologable, igual de tosco que el de Pablo Iglesias.

En este caso la crítica a Vox apenas ha existido. Pocos se echaron las manos a la cabeza cuando el propio Abascal anunció, delante de la Catedral de León, que a García Gallardo se le estaba poniendo cara de vicepresidente. En este partido hay dos varas de medir. Una de ellas se vuelve flexible para esta formación, que, en cuanto tiene oportunidad, sacrifica sus argumentos en aras del poder. Curioso es que pregonen la disolución de las autonomías, pero que sean los primeros en apuntarse a dirigir una de ellas.

Alfonso Fernández Mañueco ha sucumbido a las exigencias de la ultraderecha para conservar el sillón de presidente. El mandato será más complicado que el anterior porque la ultraderecha, cuando toca poder, lo quiere todo.

Sin embargo, ahí están. Democráticamente hay que aceptarlo porque los ciudadanos han votado así, nos guste o no. Aunque el resultado de estas elecciones, como mujer, me inquieta enormemente.

La negación del problema del machismo hace perder a las mujeres la dignidad de seres humanos. Hay machismo que mata. Negarlo es como negar que ETA existió

Que el señor Mañueco ceda ante Vox y acelere la ley de «violencia intrafamiliar» que impusieron los extremistas, dice mucho de las convicciones del presidente en funciones. Parafraseando a Groucho Marx sobre los principios: no nos opondremos a la Ley contra la Violencia de Género, pero si se trata de gobernar, nos parece un acierto la intrafamiliar.

La negación del problema del machismo hace perder a las mujeres la dignidad de seres humanos. Hay machismo que mata. Negarlo es como negar que ETA existió. Una diferencia es que ETA depuso las armas hace 12 años y, en cambio, el machismo sigue instalado en la sociedad.

La banda terrorista dejó, desde 1968, fecha de su primer asesinato, hasta 2009, fecha en que se cobró la vida de la última víctima, a 853 personas asesinadas. Una media de 21 personas/año.

Desde 2003 hasta la fecha, en apenas 19 años, han muerto 1.135 mujeres, víctimas de la violencia machista. Una media de 60 al año. Un ritmo homicida tres veces superior al del grupo armado en sus 41 años de existencia. Esto sin contar las que no mueren, pero son continuamente vejadas, violadas, apaleadas por sus parejas todos los días, en cualquier lugar de España.

Se emplea la violencia contra nosotras por nuestra condición de mujeres. Se desata de forma cruel, llegando a asesinar a los hijos para infligir un dolor extremo en las madres. Llamar a eso violencia intrafamiliar denota falta de sensibilidad. Negar la violencia de género es tapar el sol con un dedo. Decir que los hombres quedan desasistidos por la justicia a causa de la Ley de Violencia de Género es falsear la verdad. Lo que hace esta Ley es proteger a las mujeres.

Se legisló de forma concreta sobre la violencia terrorista, por ser un tipo muy específico. Es lógico que se legisle sobre la violencia de género porque también es un tipo específico con una diana inequívoca: las mujeres. No tiene que ver con otros tipos de violencia, ya regulados en el código penal.

Intentar ocultarla como violencia «intrafamiliar» representa volver a aquellos años en los que las mujeres denunciaban a sus maridos por pegarlas. Entonces se les contestaban con un «algo habrás hecho». El término intrafamiliar es la vuelta a la indefensión legal para seguir vivas, a sufrir violaciones dentro del matrimonio, a regresar al sometimiento a la pareja, sin que exista amparo legal. Es un intento de volver a la servidumbre hacia el hombre en un reparto de papeles que hoy no tiene sentido.

En 1017, el Rey Alfonso V inició un camino al legislar reconociendo derechos a las mujeres del Reino de León. Esos derechos fueron afianzados y acrecentados por Alfonso IX con los Decreta de 1188. Las leonesas de ocho siglos después, vivimos en una sociedad democrática. No podemos permitir el retroceso histórico en la igualación de derechos con el hombre. Tenemos una legislación garantista, y aun así contabilizamos nueve víctimas de violencia machista desde el comienzo de 2022. ¡Y algunos quieren hacer desaparecer esas leyes que nos protegen!

En Castilla y León, el señor Mañueco se está convirtiendo en cómplice de los retrógrados en su afán por seguir al frente del gobierno autonómico. ¿De verdad le importamos algo al señor Mañueco las mujeres? No aceptemos que el gobierno de la Junta de Castilla y León consienta sordinas al maltrato de la mujer, sin respuesta. No permitamos que nos hagan creer, como dijo Alicia Rubio (Vox) en la Asamblea de Madrid, que «empodera mucho coser un botón», por mucho que nos guste la costura.

No debemos tolerar la educación de nuestras hijas y nietas en el miedo, en la sumisión al hombre. Tenemos que trabajar para que ese mensaje no se reinstale en la sociedad. Quienes vamos a perder derechos y vidas somos nosotras.

Llamemos a las cosas por su nombre. La violencia de género o machista existe, aunque el señor Mañueco la utilice como moneda de cambio: dignidad y vidas a cambio de cargos.

Mañueco y la violencia intrafamiliar
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