sábado. 02.07.2022

El confinamiento decretado por el gobierno a mediados de maRzo de 2020 para frenar la expansión del coronavirus y aliviar el colapso de hospitales y de morgues, a mí me pilló escribiendo una novela que había empezado poco antes, el 27 de enero, el mismo día en que se conmemoraba el 75 aniversario de la liberación de Auschwitz. La llegada de la pandemia, que lo puso todo patas arriba, también condicionó el desarrollo de mi proyecto literario y alivió, en gran medida, la reclusión domiciliaria.

Mi historia como escritor tiene dos partes bien diferenciadas. En la primera, en la que publiqué dos novelas y dos ensayos, me dediqué a relatar la tragedia que vivieron los enfermos mentales en la Alemania nazi. Se conoce muy bien el destino de los judíos alemanes y europeos, pero son pocos los que saben exactamente lo que ocurrió con estos pacientes. Sin embargo, las primeras cámaras de gas durante el Tercer Reich se instalaron en los hospitales psiquiátricos con el fin de eliminar a todos los enfermos crónicos y sin posibilidades de curación. Pacientes con esquizofrenia, psicosis maniacodepresiva, alcoholismo crónico, epilepsia o retraso mental fueron conducidos, engañados ellos mismos y sus familiares, a las cámaras de gas de seis manicomios distribuidos estratégicamente por Alemania y la Austria anexionada. Esa masacre, que los nazis embellecieron con el eufemismo de la eutanasia, se convertiría después en el preludio de la Endlösung der Judenfrage, la solución final a la cuestión judía. Es decir, la solución a la «cuestión social» precedió al Holocausto judío.

En la segunda parte de mi carrera literaria he vuelto la mirada hacia mi entorno familiar, personal y profesional. En 2016 publiqué El hacha bajo la almohada, una historia relacionada con mi abuela materna que, harta de parir hijos, decidió meter un hacha en el lecho conyugal para ahuyentar a su marido, mi abuelo, cuando llegaba a casa por las noches con unos vasos de vino de más. Y en 2019 vio la luz De Berlín al cielo, una novela que surge de un deseo literario y que lleva a los protagonistas a viajar a Berlín, una ciudad abierta, alternativa, multicultural y con una identidad que ha ido cambiando a lo largo de su historia.

Con la nueva novela, que comparte el título de este artículo y que acaba de salir del horno editorial, continúo por la senda de la literatura del Yo o autobiográfica. Tras recibir el Premio Nobel de Literatura, Albert Camus dijo que todo escritor debería ser consciente de dónde se encuentra el manantial del que brota su escritura.

A lo largo del texto se realiza un ejercicio de introspección para encontrar ese manantial que, en mi caso personal, tiene cuatro fuentes que vierten el agua hacia el exterior. La primera es la vivencia infantil de la muerte de mi padre, un trauma que me convirtió en un niño callado, reservado e introvertido.

La segunda el haber estudiado tres años en la Universidad de Múnich. Allí escribí, en el curso de un seminario sobre modelos europeos de asistencia psiquiátrica, mi primer trabajo que publiqué en la Revista Triunfo en 1976 (Psiquiatría en Arezzo: Un modelo democrático y humano). Podría afirmar que, sin haber pasado por Alemania, nunca me hubiera convertido en escritor.

La tercera es la experiencia de haber trabajado durante casi veinte años en una Unidad de Hospitalización Psiquiátrica, que son las Unidades de Cuidados Intensivos de las enfermedades de la mente. Tanto las UCI somáticas como las mentales representan la punta del iceberg del sufrimiento humano y uno no puede considerarse escritor si no es capaz de describirlo. Espero haberme acercado a él en esta nueva obra.

Por último, está la fuente del envejecimiento. Yo soy un escritor tardío. Mi primera novela (Hadamar primero, Auschwitz después, Valencia 2000) la publiqué cuando ya había cumplido 54 años. Mi época más productiva, literariamente hablando, ha sido después de la jubilación. De los siete libros que he publicado, cuatro lo fueron en este paraíso en el que entramos las personas cuando dejamos nuestra actividad laboral. Es una lástima que después de la llamada Tercera Edad no haya una cuarta.

En mi caso personal, escribir lo he convertido en una estrategia más (junto a otras muchas como andar, nadar, bailar, viajar, leer, leer mucho y todos los días o quedar a comer con amigos) para afrontar el imparable paso del tiempo. Mi nueva novela comienza con una frase de Soren Kierkegaard que se ha puesto de moda, entre otras razones porque la mencionó Antonio Banderas en la última entrega de los premios Goya: La vida solo se puede comprender mirando hacia atrás, pero hay que vivirla con la mirada hacia adelante.

De esta forma, al viaje de introspección para conocer los fundamentos ocultos de mi querencia por la escritura, se le unieron las vivencias del confinamiento y la manera cómo hemos afrontado, entre todos, este tiempo de peste medieval que nos ha tocado vivir en pleno siglo XXI. Memoria (personal y colectiva) y pandemia se fusionan en esta obra que también recuerda a las víctimas de otra catástrofe sanitaria, el Síndrome del Aceite Tóxico, una epidemia focalizada en determinados lugares de nuestra geografía y provocada por unos empresarios sin escrúpulos, ávidos de ganar dinero rápido y fácil. Todavía no sabemos con total seguridad si la covid-19 ha sido una catástrofe natural provocada por un virus zoonótico o urdida por una mano negra en el marco de una lucha soterrada y geoestratégica que tiene lugar entre las grandes potencias. Independientemente de cuál sea la verdad última, la pandemia ha trastocado el mundo que vivimos y ha constatado que solo la Ciencia y la Conciencia de que todos los seres humanos viajamos en el mismo barco, nos pueden salvar de la tragedia. Dos bienes de los que, por cierto, no andamos muy sobrados en este país, que no termina de salir de su propio laberinto.

Primero vivir, después escribir
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