martes 17/5/22

Partiendo del dicho popular que afirma el hecho de que cada uno tiene que vivir jugando con las cartas que le han tocado en suerte, yo digo que «del dicho al hecho hay un gran trecho». Me explico. La vida para mí, ya mayor y canoso, mirando hacia atrás, no ha sido en absoluto una sencilla partida de naipes; más bien ha sido y sigue siendo una complicada metáfora continuada, es decir, «una alegoría en la que unas palabras se toman en sentido recto y otras en sentido figurado», según el caso y las circunstancias.

En el resultado, no ya metafórico sino real, cuento con aciertos satisfactorios, pero también con errores, que ya no puedo corregir y me dejan sabor amargo; todo ello me empuja a seguir activo y a no darme por jubilado a mis años, hasta que el telón caiga y se apaguen las luces del escenario en el que he desempeñado funciones dispares, unas más fáciles que otras. Desde luego, confieso la fortuna de haber trabajado en ambientes plurales, con gente buena y también con tramposos: con menores, desde lactantes a niños y jóvenes, éstos en la docencia; más tarde con familias, de niveles sociales desiguales y contrapuestos; en prisión de menores, en reformatorios masculinos y femeninos; en este caso, con uno muy especial: el colectivo de jóvenes prostitutas en Barcelona; con ancianos, con discapacitados…

Este recorrido multicolor, a lo largo de 50 apretados años de trabajo y estudio, me ha enriquecido y me ha enseñado lo que pocas veces se aprende en los libros; he compartido mi vida cara a cara, pisando el mismo barro del común y usando poco el despacho. Mi historia personal es la que me hace ser crítico ante hechos como el que sigue y con la ciudad donde vivo.

Hace unos días saltó a la prensa la barraganada de un grupo de mujeres treintañeras (año arriba, año abajo, según las fotos publicadas), que, contra todo lo que cabría esperar, y no solo en tiempos de pandemia viral, se subieron al tren Intercity Torre del Oro, nº 00697 de Barcelona-Cádiz y, con la aquiescencia de Renfe, montaron un botellón, envueltas en humo de tabaco o vete tú a saber de qué… Ante el asombro y el enfado manifiesto de otros pasajeros sensatos, ellas se lo pasaron todo por su arco de triunfo, porque ese día (25 de abril), en su partida de naipes, (despedida de soltera), triunfaban bastos, pero ellas, tramposas, arrastraban con el as de copas, fastidiando con efe y con jota al resto de pasajeros del citado tren. Para más inri, según cuenta la crónica, ese tren o no contaba con revisor, o lo habían encerrado en el baño, o él no quiso enfrentarse con el femíneo sexo, que no género. ¡Estos datos no se cuentan, por si acaso…!

Lo cierto es que en la España de 2022 y no en el Estado de Jalisco, ellas retozaron a sus anchas bailando la conga, bebiendo, fumando y ciscándose en la normativa que prohíbe tal barraganada en el transporte público, donde es obligatoria la mascarilla y no se puede fumar, sin que la autoridad competente apareciera en escena. Pregunto, sin ánimo de ofender, aunque sí con el firme deseo de cantarle las cuarenta a los responsables de Renfe: ¿Dónde estaba el árbitro ferroviario, cuya obligación era haberles sacado doble tarjeta roja y haber mandado a toda esa pandilla de adolescentes pasadas de edad a los vestuarios de su casa o a las vías del tren? ¿Esta es la conducta cívica que se predica y subvenciona desde el feminismo ácrata del ministerio de igualdad?

Pues, tarjeta roja también para el ministerio de «igualdad» y su titular, que no ha salido condenando el desafuero de sus muchachas, y un ruego: paren el tren o me bajo en marcha. Yo no rompo la baraja, porque espero y deseo que muy pronto triunfen oros en el comportamiento cívico de unos y otras, igualitariamente; en caso contrario, séanos permitido a los disconformes con esta acracia, arrastrar con espadas, puesto que de bastos-bastas-bastes ya ¡basta!; y de copas…, yo prefiero levantar la del Betis y la del Real Madrid, a la espera de que, un día no lejano, se pueda alzar la de la Deportiva Ponferradina o mejor, en este año centenario, la de la Cultural Leonesa, pues además de ser un club leonés, desde su origen es un club cultural, acaso el único que quede actualmente, nacido con ansias de ser cuna y foco no solo del buen deporte, sino también y sobre todo, de buena cultura y no de estas estupideces barriobajeras e incívicas, que nos dejan a todos sin respuesta y sin resuello, por la falta de cuajo y de equilibrio o sensatez en quienes nos desgobiernan.

La pandemia de la grosería y la mala educación se está volviendo más peligrosa que el coronavirus, sabiendo que la mejor y más efectiva vacuna ante cualquier grosería es una buena educación; no permitamos que nos la estropeen los ácratas y analfabetos de aquí y de allá

¡Aúpa, Cultural. Bienvenida la cultura cívica. Stop a los botellones y a las barraganadas! Pero dejemos las metáforas y pisemos tierra firme. La pandemia de la grosería y la mala educación se está volviendo más peligrosa que el coronavirus, sabiendo que la mejor y más efectiva vacuna ante cualquier grosería es una buena educación; no permitamos que nos la estropeen los ácratas y analfabetos de aquí y de allá.

Empecemos la nueva partida en nuestra autonomía, esperando que triunfen oros y nadie necesite las espadas, ni los bastos. Las copas, solo para brindar. Va a depender de nuestra buena educación familiar, escolar y cívica, arrimando el hombro y empujando el carro, cada uno en su parcela y según sus fuerzas y buen hacer, por ejemplo manteniendo limpias las calles y aceras, los parques y jardines, las paredes libres de pintadas, los autobuses sin los billetes sembrados por el suelo mañana y tarde, sin que el alcalde o el concejal de turno hagan caso, como si León solo fuera Ordoño II, el mal repintado y bien barrido. ¡Ah!, en las comunidades de vecinos, no escribiendo tontadas dentro de los ascensores, no rayando los espejos ni sacudiendo las alfombras desde el balcón a la calle o al patio interior de la comunidad.

Y un último recadito para Renfe, Adif y el ministerio responsable de ambas entidades: los leoneses, españoles con pedigrí de Reino, hartos de parlamentar sin que nos presten atención básica, estamos hasta la ingle y sus adjuntos, por el abandono en que tienen toda nuestra red ferroviaria, la ancha y la estrecha, así como por la chatarra de trenes desechados en Cataluña, traídos para nosotros y los sufridos asturianos, con sus consecuencias: retrasos, averías y el cachondeo político-ministerial diario. Pues, como juntemos a D. Pelayo y a nuestro Ordoño II, no ganaremos al tute arrastrado, (nos faltan reyes), pero juro que vamos a cantarles a todos ustedes las cuarenta y el Asturias patria querida, además de subirles en un tren chatarrero, con revisor, eso sí, que les toque la gaita, mientras llegan a Busdongo y, si el tren supera el Pajares, como agradecimiento por los túneles que nos robaron el agua de la montaña, el interventor gaitero, mientras el tren se repone en Mieres, les mandará a todes-todas-todos a tomar por… lo menos, ¡una sidrina! Más claro, agua embotellada y ajoarriero para nuestro renqueante tren Ave.

Triunfan bastos y arrastran con las copas: tramposos
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