martes. 27.09.2022

Conocedor de la historia, de la literatura y del cine, Antonio Trobajo me habría reprendido suavemente por dedicarle este título que se ha atribuido a un hombre grande, capaz de dejar una huella tanto en la sociedad civil como en la Iglesia. En realidad, el título elegido para esta memoria del corazón se refiere tanto al papel que ha desempeñado en el espacio de la temporalidad como, sobre todo, a esa mirada que lo vislumbra ya en las moradas eternas. Pero la proverbial humildad de Antonio no quedará burlada, ahora que ha pasado la frontera del tiempo y la apariencia. En realidad, Antonio Trobajo ha sido siempre un buen amigo de las gentes y un gran amigo de la verdad, como dirían los clásicos que él estudió en Salamanca.

Acorralado por la enfermedad, a la que se enfrentaba con paz y hasta con un cierto toque de humor, Antonio Trobajo nos ha dejado la imagen de un hombre afable y amable, que miraba a su interlocutor con atención y confianza, con una firmeza que daba seguridad y ayudaba al otro a preguntarse por su propia verdad. Su talante, su experiencia, sus estudios y su vida espiritual dieron a Antonio una admirable capacidad de diálogo. De hecho, ha sabido dialogar con la cultura de nuestro tiempo, conocía la historia y la crónica, la poesía de los maestros y la prosa de las gentes de la calle, que él transfiguraba con toda naturalidad tanto en sus escritos como en en sus homilías.

Ordenado por el obispo Luis Almarcha, Antonio Trobajo estrenó su ministerio sacerdotal como cura de Tejerina. Le gustaba recordar aquel comienzo que continuaría más adelante en la parroquia de Santo Toribio, en León.

Su talante, su experiencia, sus estudios y su vida espiritual dieron a Antonio una admirable capacidad de diálogo

Profesor en el Instituto Juan del Enzina y en el colegio de las Carmelitas de Vedruna, en la Escuela Normal y en el Seminario de San Froilán, ha sabido enseñar y escuchar, estudiar y escribir. Y ha tenido tiempo para ejercer como vicario de la diócesis, como rector del Seminario y como deán de esta hermosa catedral de León a la que ha dado a conocer a los cercanos y a los lejanos. Y siempre y en todas partes, Antonio Trobajo nos ha dejado la imagen de un buen sacerdote, siempre afable y amable. Parecía siempre disponible para atender a los estudiosos y a la gente más sencilla, a los miembros de las hermandades y cofradías de Semana Santa y a los periodistas de todos los medios de comunicación.

Ha sido un hombre de diálogo sincero con la fe y con la cultura, que inició ya con su dedicación a la revista Colligite que publicaba el Centro de Estudios San Isidoro. No podremos olvidar la humilde tenacidad con la que promovió los ciclos de conferencias sobre la Fe y la Cultura o las sesiones de estudio sobre cuestiones sociales.

Nos mostró las riquezas de nuestros escritores y a ellos los acercó a los umbrales de la fe. Ha sabido mostrar a la cultura de nuestro tiempo la verdad, la bondad y la belleza de la Iglesia, Y partiendo de las parábolas que la reflejan, a las que dedicó el mejor de sus libros, ha mostrado a nuestra sociedad los tesoros más vivos y humanizadores del evangelio de Jesucristo. Con nuestra más sincera gratitud hacia lo que Antonio Trobajo ha sido y ha hecho, damos gracias a Dios por todo lo que, por medio de él, nos dejó ver y vislumbrar de su proyecto divino sobre el hombre y sobre la historia.

Un hombre para la eternidad
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