jueves 2/12/21

Como todos los años, nuestros pueblos se han llenado de turistas y veraneantes, haciéndonos olvidar por unos días nuestras calles vacías. Gentes que acuden al medio rural a disfrutar de un merecido descanso, de los paisajes bucólicos de nuestros campos, del encanto de «otra forma de vida», a reencontrarse con sus amigos, con sus familiares, con la naturaleza, con su pasado… ¡Bienvenido el turismo rural, el milagro que puede llenar la España Vaciada!

Es el modo de encontrar el alivio a la ajetreada vida que soportan en el mundo urbano, tan falto de tranquilidad. Esos lugares donde desde muy temprano mantienen una ida laboral frenética, sin apenas poder relajar la mente ante tanto barullo callejero, tanta prisa por vivir,… ni siquiera en el corto fin de semana.

Para relajar el estrés, la mayoría de los ciudadanos de las grandes urbes, se acercan unos días a nuestros desangelados pueblos, visitan nuestros espacios naturales, algunos patrimonio mundial, y nuestras calles, donde nos sentimos reconfortados y también invadidos por tanto visitante, sobre todo en este desesperante año de pandemia. La mayoría de ellos de forma respetuosa con el paisaje y el paisanaje.

Este respeto por el entorno, por nuestras costumbres y tradiciones, coincide con la tolerancia de nuestros vecinos, a pesar de tanta afluencia veraniega. Asumen la tranquilidad de las aldeas y disfrutan de lo que ofrecemos y agradecen que mantengamos nuestros pueblos. Muchos veraneantes, incluso, ayudan en las tareas de mantenimiento tan necesarias en estos barrios que tanto añoran, y que los pocos vecinos que han quedado en él lo mantienen en las mejores condiciones posibles de urbanidad, sin pedir nada a cambio pero, ¿hasta cuándo podemos sobrevivir?

Existe un tipo de gente, una minoría por cierto, que tal vez debido a la frustración de ser un don nadie en la gran ciudad, vuelven al pueblo a darse la importancia de sentirse por unos días superiores a nuestros lugareños, tratándolos de paletos y mostrando su arrogancia frente a ciudadanos que muestran una gran humildad y perseverancia, que ellos nunca podrán entender.

Son esos ciudadanos que presumen de pagar sus impuestos, por ello tienen derechos…, son esos ciudadanos a los que les molesta el claxon del panadero, el canto matutino de los gallos, el olor del abono en nuestros huertos, el trun–trun de los tractores, o bien la «bosta» de las vacas. Despotrican contra el ruido de las desbrozadoras, pero critican los solares con muchas hierbas, o nuestros pequeños parques sin los rosales bien podados, o por el césped mal cortado. A continuación dan lecciones de cómo gestionar nuestros pueblos, ¡de que si Las Médulas estuviesen en Cataluña! o ¡el Lago en Madrid! De que sería ideal tener un campo de golf, una piscina climatizada, de que el pavimento del polideportivo tienen que ser de caucho o de que las aceras de mármol de Lugano.

Suelen quejarse del precio del desayuno, de tener que comprar una botella de agua por usar los urinarios de los bares, que ellos consideran públicos, de tener que ponerse la mascarilla por nuestras calles, o de no poder llevar el coche hasta la misma puerta del restaurante, o del polvo del camino.

Son ese tipo de gente que quieren mostrarnos una forma de vida con la que ellos sueñan, pero que no han conseguido. Tal vez se sientan unos desheredados, donde su falta de arraigo y su falta de humildad los llevan a mostrar su arrogancia para ocultar su frustración, y su falta de amor a la tierra, tal vez… Y ahora vienen a nuestros pueblos, a alterar esa tranquilidad que dicen venir a buscar, a ese refugio que los acoge con la mayor generosidad.

A mi entender, ponen de manifiesto sus sentimientos de no sentirse nada en ningún sitio, y de no querer reconocerlo. ¡Debe de ser muy duro!

Y aunque el turismo rural en el Bierzo es una apuesta de futuro, si pudiésemos elegir, no elegiríamos a este tipo de gente, sabemos que son pocos, sí, ¡pero esos pocos hacen derrochar mucha paciencia a nuestros convecinos!

Veraneantes
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