Médulas es un campo de batalla calcinado

Cinco casas destrozadas, dos perros abrasados, tres coches quemados y el Aula Aqueológica sin tejado dan cuenta de la magnitud del fuego que quemó castaños centenarios. Se salvó la zona de la Cuevona

Médulas

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Ni en las peores pesadillas imaginables. Las Médulas se han convertido en un tizón negro; en un carbón de castaños centenarios; en cinco casas de abuelos y de jóvenes carcomidas por las llamas; de perros chamuscados, heridos y fritos en la huída; de tres coches y gallinas calcinadas por un fuego bestial, con los termómetros a 38 grados bajo un sol abrasador. Fue una lengua de fuego y temperaturas de fundición procedente de la zona de Yeres, del alto de Predices la que se llevó por delante la naturaleza y el alma de los vecinos de Médulas, hasta llegar a las mismas puertas de Carucedo.

Son las cinco de la madrugada. La Guardia Civil me paró en un control de la N-536, en Santalla del Bierzo. Me identifico y puedo pasar. A esa hora no hay peligro ninguno y lo gordo había sucedido. En el cruce de Carucedo enfilo hasta el pueblo de Médulas sin incidentes. Es noche cerrada por un humo forestal cegador. A la entrada del pueblo, un castaño está medio atravesado en el asfalto, pero puedo pasar. El árbol centenario crepita y su interior es un brasero perfecto para asar chuletas. Entro en Médulas a oscuras, sólo con las luces del coche y, debido a la oscuridad no me percato hasta el amanecer que el Aula Arqueológica ha desaparecido del mapa. No tiene tejado y todo lo de su interior, volatilizado para siempre.

Avanzo por un pueblo fantasma; sólo veo luz en la escalera exterior de una casa. El fuego también ha quemado clables de electricidad. Llegó hasta el fondo del pueblo, hasta la entrada hacia la Cuevona. En el bar restaurante Agoga está el marido de Fina, Pedro, que me cuenta que salvó la vida en el peor momento de la lengua de fuego porque se metió dentro de una cueva que tiene en la parte trasera del local. Le ardió el horno y una máquina vieja.

Veo un grupo de jóvenes que viven en el pueblo de Médulas, los que prefirieron quedar a defender sus viviendas y otras propiedades de la amenaza nocturna. No se sumaron al resto de 800 vecinos de toda la zona desalojados. No quieren fotos y confiesan que, gracias a ellos y a los efectivos de los bomberos de Ponferrada, en la noche del domingo al lunes no se perdió más de lo ya perdido.

Con la luz crepuscular salgo de las tinieblas y empiezo a ver la verdad de la tragedia. Veo casas humeantes, veo una vivienda que fue de madera convertiza en cenizas y en la que sólo quedó en pie el ladrillo de la chimenea. Encoge el alma y se me eriza la piel cuando en esos minutos escucho el cántico de dos pájaros que no logro identificar, pero que dan el punto de vida de naturaleza ante algo así como un campo de batalla, en un monte de maleza y árboles ya pelados por la tragedia.

El incendio respetó las tumbass del cementerio de Médulas, pero no el recinto interior de maleza. Los encinos y robles que daban sombra exterior al campo santo se han convertido en demonios negros desnudos. Un poema del caos, de un campo de batalla calcinado, con la paz del cementerio de vecinos.

Pasan muy lentas las horas en el pueblo fantasmaa. Los que defendieron de noche las casas se fueron a dormir y sólo me acompañan dos perros que lograron escapar de la quema del restaurante destrozado a la entrada del pueblo, justo al lado de donde aparcaban los turistas y las autocaravanas. Me adentro por un camino de tierra y vuelvo a escuchar un pájaro trinar con cántico fresco, como desconcertado y a la vez, como si la cosa no fuera con él. Los perros me siguen, como queriendo decirme algo. Uno, el negro, lleva una herida en la quijada derecha. Y en ese momento, al doblar la esquina veo un Mercedes todoterreno con el capó levantado y abandonado en medio del camino de tierra. Su dueño es el del restaurante quemado, que salvó la vida también echando a correr del lugar. Pero, la imagen de la desolación se acrecienta y veo tres coches completamente pulverizados por las llamas. No se sabe de qué color eran, salvo el blanco.

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En Médulas hablo con la gente y todos prefieren quejarse desde el anonimato. Están muy enfadados, porque no hay cortafuegos en el pueblo, en plena zona Patrimonio de la Humanidad y porque, (ésa fue mi sensación), están hartos de promesas incumplidas. Salgo de Médulas y enfilo hacia Orellán, al alto del mirador de Orellán para tener una visión general de los destrozos. Soy el único periodista que está dentro del lugar desalojado. La Guardia Civil, haciendo una labor espléndida y pegada al terreno, ha cortado el paso en Carucedo. Al legar a Orellán veo que el negro del monte quemado quedó por encima del pueblo. Avanzo hacia el mirador de Orellán, veo un 2CV quemado y mi coche pisa una gran capa de cenizas, ocultando debajo el asfalto. Humean las esquinas. Llego al mirador y confirmo que el corazón icónico donde se hacen las fotos los turistas sigue verde, intacto. Increíble, pero cierto. El circo que conforman sus picachos rojizos lo salvó de la quema. Eso sí, ardieron las maderas del mirador y la caseta del que vende entradas.