Diario de León
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ernesto escapa
León

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L a noche del domingo, mientras aguardaba la decantación de los últimos resultados autonómicos en la sede popular de María de Molina, Herrera hizo recuento de la campaña electoral más dura e intensa de su vida. Una experiencia que no entraba en sus cálculos y a la que accedió por el compromiso con sectores de su tierra cuya supervivencia pende de un hilo. No sólo la minería. También aquellos otros que empiezan a sacar la cabeza, después de superar dificultades que llegaron a parecer insalvables. Sindicatos y organizaciones agrarias tienen grabadas en su memoria fechas, acuerdos, ayudas. A pesar de unos años de gobierno en soledad de Herrera. Poco acompañado por algunos consejeros demasiado entretenidos con sus cosas.

A esa hora de la noche del domingo, ya conocía el fracaso electoral de su partido en las principales ciudades del país. Un fracaso que también alcanzó a Valladolid, cuyo candidato fue impuesto a última hora desde Madrid. A pesar de todas las tachas e inconvenientes que la nominación traía consigo. Pero sus compañeros genoveses, alentados por los domésticos del Pisuerga, seguían creyendo que todo el monte era orégano. Al llegar, le habían extrañado las ausencias de esa noche en la sede de María de Molina, cuando en el estarivel electoral de El coloquio de los perros ya estaba todo el pescado vendido y sólo quedaban las raspas. Mientras iban llegando datos autonómicos significativos, repasó los tropiezos electorales extendidos desde Ávila a Zamora, donde habían debutado como candidatos los poncios. La bofetada de Soria, donde los socialistas repetían mayoría absoluta, y el traspié de Segovia, donde mitineó el áspero y adusto De Guindos.

En el recorrido, salpicado de victorias insuficientes, reparó en León y Ponferrada, tiznados por la decepción de los mineros. En Ponferrada había antepuesto la defensa del carbón a los intereses de su propio partido y en León tuvo la charla cara a cara con José Luis, el minero que irrumpió en el auditorio. Un encuentro marcado por el desgarro de las urgencias. También allí le dio la espalda doblemente el gobierno. Primero con los manejos chafardileros de Industria, que llevan cinco meses enredando un borrador impresentable, y luego con la afonía de la vice, que al día siguiente parloteaba en Moncloa tan resuelta como siempre. Le extrañó que sus compañeros de las autonómicas en Valladolid no se acercaran a compartir los resultados en la sede regional. Porque era la costumbre de otras veces.

Enseguida la deserción le refrescó su soledad en la campaña, donde tanto había puesto y con tan pocos apoyos. A esas horas, los resultados iban siendo definitivos en todas las autonomías. Y la catástrofe se había generalizado. Ni siquiera la secretaria general lograba salvar una Castilla-La Mancha previamente jibarizada. En Castilla y León el tanteo bordeaba la mayoría absoluta, pendiente del voto minero de León. Al final, empate, como ya ocurrió en 1983, cuando Demetrio Madrid igualó la representación de los demás partidos. Pero con la herida abierta de no haber conseguido activar la respuesta de Madrid a la minería.

Cuando al día siguiente escuchó la palabrería de baratillo de Rajoy, tratando de disimular el fracaso, su conciencia le dictó un redoble de decencia.

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