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ernesto escapa
León

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P ero no con el humo que asfixia el aire”, canta melodiosa Ana Belén, mientras envenenan la atmósfera el decreto gubernamental que penaliza el autoconsumo eléctrico estampando un impuesto al sol, la estafa alemana de Volkswagen con el trucaje de sus emisiones de diesel y la disciplina pastueña de los populares en el Senado, que tan fácil tuvieron ayer mirar un poco por lo suyo. Contaban con la invitación expresa de su presidente autonómico, quien había anticipado que de estar en su lugar votaría la moción socialista del céntimo verde “por dignidad”. Pero no fue así, acaso por carencia del requisito. Ni siquiera los senadores leoneses, palentinos o asturianos tuvieron ese impulso; sólo un par de senadoras cordobesas se abstuvieron, al parecer por despiste. Porque la dignidad no es una tacha, sino que distingue a quien se hace valer como persona, comportándose con responsabilidad, seriedad y respeto hacia sí mismo y hacia los demás, sin dejar que lo humillen ni degraden. Quizá el Senado sea el paisaje menos propicio para el vuelo de esa prenda.

El imperativo para justificar este nuevo y posiblemente definitivo desplante a la minería del carbón fue la dudosa viabilidad de un impuesto embocado al rechazo en Bruselas. Con más o menos torpeza, esa fue la excusa. Sin tentar con argumentos a Competencia. Es más, también en este terreno el Ministerio de Industria se ha mostrado como el más torpe recadero. Y no sólo ahora, con el charcutero Soria al frente, sino también con su predecesor Sebastián, por mucho que trajine promocionando su libro “la falsa bonanza”. Y aún antes: Clos o Montilla, venidos de Cataluña, se dedicaron menos a las ocurrencias, pero su incapacidad resultó igualmente dañina para el consumidor. Aunque el arranque de este desmadre hay que situarlo en 1997, cuando el imponderable Rodrigo Rato dio luz verde a una medida coyuntural que el seguidismo acabó convirtiendo en estructural. En pocas palabras: la tarifa de la luz no puede subir más que el Índice de Precios al Consumo. Aunque se disparen los costes, como ocurrió en 2005 con la subida del petróleo. La estrategia consiste en ir metiendo la pella debajo de la alfombra. A partir de entonces, la deuda a las eléctricas no deja de incrementarse, hasta superar ya los treinta mil millones de euros. También es verdad que los logros de Sebastián sólo admiten parangón con este Soria que nos aflige desde hace cuatro años. En el relevo, cogió un déficit de tarifa eléctrica que ha ido engordando un promedio de cinco mil millones al año. El dicharachero Sebastián repartía bombillas de bajo consumo a los jubilados en la meta de las distintas etapas de la Vuelta Ciclista a España, después de haber gastado diez millones de euros en el encargo. Y también jugó a adivino, si bien sus predicciones tuvieron un precio muy lesivo. Entre las más disparatadas, figura su anuncio de que en la actualidad circularía un millón de coches eléctricos por el asfalto español. Y primó aquella expectativa sin cortapisas.

En medio del pasmo, mientras los senadores populares amagan sin dar, salta el escándalo alemán del trucaje con los humos de los coches de patente sajona. Resulta que un grupo de estudiantes americanos de la Universidad de Virginia decidió contrastar las emisiones de los coches de esta marca en circulación con las obtenidas en el banco de Inspección. No coincidían en nada, porque tenían tramposamente trucado el sofware. Con unos daños a la salud y al medio ambiente difíciles de evaluar.

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