Riña por San Juan
H ace cuatrocientos años, el maestro Miguel de Cervantes nos dejó el aviso reiterado de que las pendencias muy reñidas suelen dejar como colofón una firme amistad: «Riñas de por San Juan, paz para todo el año dan». Dos veces lo escribió en sus entremeses: En El juez de los divorcios y en El viejo celoso. Claro que también advirtió el maestro del sentido común (en La Gitanilla) cómo «traer tragado que no han de dar nada, ahorra la fatiga de esperarlo». Cervantes padeció los delirios a menudo insensatos de sus Felipes II y III y el trajín con estos pájaros de la política española actual lo hubiera pillado vacunado. No quiero estirar más el parangón cervantino, porque abruma estos días la apropiación desmedida e infundada de sus máximas y consejos. Porque también, aunque le tocó convivir con una ralea infame, difícilmente pudo imaginar que cuatro siglos adelante su país iba a encallar otra vez en la misma cochambre. Entonces (1601), el duque de Lerma se dio el capricho de mover la capital desde Madrid a Valladolid, con un trasiego de cincuenta mil personas y un desorbitado pelotazo urbanístico, que culminaría cinco años después con el retorno de la corte a Madrid. Al caer en desgracia, obtuvo el blindaje del cardenalato, que dio pie a esta coplilla: «Para no morir ahorcado, el mayor ladrón de España, se viste de colorado». La efeméride cervantina nos recuerda dónde estamos y de dónde venimos. Ahora los pícaros ni siquiera se excusan, aunque siguen acudiendo al cobijo eclesiástico para protegerse, como el perillán Soria con la televisión episcopal.
Después de cuatro meses echados a los cerdos, estamos de nuevo a punto de repetir el gasto, sufriendo de camino otros sesenta días de barullo y reproches, preocupado cada cual no de explicarse, como sería su deber, sino de apear a los demás de la cucaña con el baldón de ser incapaces para dialogar. Es lo que toca, guste o disguste. Ni siquiera está claro que el proceso se vaya a ver aliviado en duración y gasto. Aunque supongo que los protagonistas del descalabro no podrían digerir ahora un nuevo reparto de millones de euros electorales a los partidos por escaños obtenidos, como ya hicieron en enero y para nada. Después de 133 días ganseando es difícil imaginar tal caradura. Pero si no hay alguna medida que impida el dispendio, desde luego yo no confío ni un pelo a que vayan a renunciar al botín. Porque estos meses echados a los perros no han salido gratis. Al fin y al cabo, hasta el más inútil de los que sentamos en el parlamento recibe unos ingresos de 4.646 euros mensuales. Y eso, sin contar los colgantes, que oscilan entre los 600 y los 9000 euros mensuales. Como para quejarse. O distraerse pensando en los mineros, en los ganaderos obligados a tirar la leche, en los millones de desempleados. La repetición de las elecciones, entre San Juan y San Pedro, aparte de aguarnos las fiestas, supone sangrar a las arcas públicas con un gasto de más de ciento sesenta millones de euros. Más allá del mejunje predictivo, quienes seguro que pillan son los partidos causantes del despilfarro: 21.167 euros por escaño, más 0,81 por voto recibido. Esa lluvia redondea unos ingresos que oscilan entre los ocho millones y medio del PP en diciembre, sólo en el Congreso, y los 750 mil de Comprimís. Los votos del Senado se pagan a 032 euros, aunque el fijo por escaño es también de 21.167 euros. Y como aprendimos en diciembre, quienes no repitan van a tener un colchón retributivo que no los deja a la intemperie.