Pan con tortas
D espués del revuelo provocado por la embestida modorra de los conjurados, estos días tramitados con cauteloso sosiego por el gestor Fernández han acabado desembocando en una disyuntiva entre lealtad y convicciones. La encrucijada que afronta una lealtad partida por el eje marrullero de los barullos, cuyas salpicaduras enturbian convicciones de recambio y conveniencia. En una cultura política de toma pan y moja, como la que hemos ido forjando a base de mirar para otro lado, nadie advirtió que el mendrugo de la participación se había quedado ácimo, sin el estímulo jugoso de la levadura.
Así que a estas alturas del enredo, ya no queda otro consuelo que canturrear «a falta de pan, buenas son tortas». Porque en esta tesitura diabólica, la elección ya sólo permite extraer la cartulina del mal menor. Y hacerlo disciplinadamente, sin revuelo y, si preciso fuera, con una pinza en la nariz. Porque llegó la hora de pasar página y proseguir andanzas, sin detenerse en más enmiendas. Para que sus señorías parlamentarias, que llevan diez meses embaulando nóminas a cambio de sestear con holganza y tuiteos, empiecen a ocuparse de los asuntos que realmente importan, que no son desde luego los de sus organizaciones y acomodos.
De ese modo, alejados definitivamente del entretenimiento, tendrán ocasión de repasar las graves cuestiones pendientes, para las que no han mirado en estos meses de recreo. La primera, esencial y urgente habrá de ser la formación de nuevo gobierno, cuidando que en su alineación figure alguien realmente capaz y con acreditación para gestionar sin sustos áreas básicas, como las de empleo y pensiones. Que no pueden ser, se entiende, los mismos que en estos años dispararon las cifras de parados y vaciaron la hucha de las pensiones.
Endosando en un caso el aluvión a la herencia recibida de Zapatero, mientras en el otro iban puliendo millones sin pararse a pensar en el relleno. Sin duda, habrá novedades por ese flanco, como también por el de Interior, después de mostrar el ministro vallisoletano su incapacidad para controlar las grabaciones que le hacían en su propio despacho oficial. El deterioro de estos largos meses de provisionalidad se llevó por delante al incompetente Soria de Industria, pero también al diligente Alonso de Sanidad, aunque habrán de ser más los caídos, si efectivamente Rajoy ha tomado nota y la piña de aliados asume por fin la ristra de sus deberes. Todos ellos (unos, otros y los de más allá), debieran ser también conscientes del gasto baldío que sus organizaciones han causado a la caja de caudales con la reiteración electoral, para evitar tentaciones inminentes de repetir el trámite.
Y no me refiero, como se tiende a hacer pensar, sólo a los gastos derivados de la logística que cada convocatoria comporta, sino especialmente al botín que los partidos se reparten en silencio a continuación, como premio por los servicios prestados a la colectividad. Sin derecho de devolución en caso de incumplimiento. En lo que llevamos de 2016, y sumando únicamente las dos elecciones generales, más de 120 millones de euros. Por el fracaso en la gestión de sus obligaciones, avinagrando la vida de los españoles. No sumo el gasto de las elecciones gallegas y vascas, porque en esos lugares la lluvia de millones refrendó la voluntad de los electores.