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VERLAS VENIR ERNESTO ESCAPA
León

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C ada año, de 1996 a 2011, los veranos de Castilla y León asistieron con pasmo al cierre y apertura del curso político. Fue la época de Aznar y Zapatero en la Moncloa, cada cual con sus alardes. Los de Aznar se tradujeron, hasta que se le pasó la querencia, en largas sobremesas de dominó y cena con los amigos de la ribera. Venía en helicóptero de oír misa en Silos acompañado por Lucas para aterrizar en Quintanilla, donde había formado su parroquia de entretenimiento durante el bienio de estancia en la Junta. Pero enseguida el madrileño hijo de leonesa tuvo otras apetencias y relegó el tirón de la ribera por el gancho playero.

Pasó luego un tiempo sin otro acercamiento que sus ruidosas visitas a bodegas, donde hizo ostentación de beber sin cautelas, desdeñando de paso toda suerte de reconocimientos institucionales, como la medalla de oro de las Cortes, que sigue sin acercarse a recibir desde 2008. Aquel Aznar que se vistió de Cid para Feliciano Fidalgo en el castillo de Peñafiel, volvió a casa el martes 4 de julio para reunir en una comida de amigos a sus sucesores en la presidencia autonómica y al candidato en 2019, Alfonso Mañueco. La invitación fue suya y el encuentro se produjo en la bodega de Pesquera de Duero Dehesa de los Canónigos, que dirige la familia de su buen amigo el doctor Luis Sanz Busto.

Esa imagen de Aznar rodeado por Posada, Lucas, Herrera y Mañueco, la difundió Juan José Lucas, el de atuendo más informal del grupo, y recuerda los treinta años de los Populares al frente de los gobiernos de Castilla y León. Una secuencia que abrió el propio Aznar en 1987, al empatar a 32 procuradores con el burgalés Juan José Laborda. Las elecciones fueron el 10 de junio y la investidura el 21 de julio de aquel 1987, pero el encuentro se alojó un martes 4 de julio vacío en la agenda internacional de Aznar. Todos los sucesores de Aznar que pasaron por las urnas lo hicieron con mejores resultados que los suyos, pero él fue el intrépido que dio el salto desde el colegio de la Asunción al palacio de la Moncloa.

Pasará el verano y no parece probable que el festejo estival de las eras de Rodiezmo, donde Zapatero hacía sus anuncios más sonados para el inminente curso político, vuelva a repetirse. Ni siquiera como conmemoración y a pesar de los atisbos de nueva vida para el carbón autóctono que propone el Consejo Económico y Social Europeo. El promotor de aquella romería minera, el sindicalista José Ángel Fernández Villa, chapotea por los juzgados, trincado con una morterada que se apropió de la subvención concedida por el ministro de Zapatero Miguel Sebastián para construir en Felechosa-Aller la residencia Spa La Minera. A Villa lo pillaron con un bolsón injustificado al acogerse a la amnistía de Montoro en 2012. Y esta misma primavera, la Unidad Central Operativa de la guardia civil revisó los casoplones que tienen en los Oteros, cerca de Mayorga de Campos, el presidente del montepío minero, José Antonio Postigo, y el constructor subvencionado, Juan Antonio Fernández, que había presentado la oferta más alta.

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Con semejante patulea, parece improbable que a Zapatero se le ocurra festejar la romería. Sobre todo, ahora que las eras de Rodiezmo se han quedado secas por la gotera ferroviaria de Pajares, y el propio patriarca del pillaje, el sindicalista Villa, atribuye el origen de sus quebrantos físicos a un accidente con una caja de sidra en las eras de Rodiezmo. Tampoco Zapatero tiene el recuerdo más grato de su gira leonesa colectando apoyos para la candidata andaluza a las primarias socialistas. Así que mejor no escarbar en la romería de la Tercia.