Los platos rotos
E l garabato final, con la fuga pandillera de Puigdemont y media docena de los suyos a Bélgica, ni siquiera se inscribe en la gandulería, sino en una deriva incursa en la mamarrachada de vodevil. Eso sí, con adornos de embuste, que vuelven a ser los mismos de todo el insoportable proceso, como esa imagen de las gárgolas palaciegas, dando a entender que pasaba por el despacho, mientras hacía un simpa más camino de Bélgica, tratando de evitar el pago de los platos rotos en estos meses de delirio. Que es lo que ahora toca afrontar a la pandilla de insensatos. Siempre que no lo acabe malogrando la proverbial torpeza de la fiscalía, con meteduras de pata como ese rótulo patoso de ‘Más dura será la caída’ en la carpeta de las peticiones del fiscal general reprobado José Manuel Maza. Aunque todo puede ocurrir todavía, porque si algo nos ha enseñado este período en exposición pública de levantiscos y constitucionales es la insoportable endeblez de casi todos ellos.
También, que las juergas se pagan y los simpas (esa picardía de levantarse de la mesa y marchar sin abonar la factura) siempre se acaban revolviendo contra quien los comete. Así que ahora procede hacer recuento de los platos rotos, sumándoles la oronda cuenta de gastos indebidos, y pasar su factura a los protagonistas de la juerga, que tan felices se mostraron mientras quitaban el sueño a sus convecinos. Eso sí: sin saltarse el apunte de un solo céntimo. Para que aprendan que con las cosas de comer no se juega. De lo contrario, si la respuesta consistiera en mirar para otro lado y enjugar las pérdidas del destrozo, mañana mismo habrá otros mequetrefes dispuestos a repetir la jugada. Y ya no estamos para otra broma. Porque lo que urge ahora es pasar el trámite de las elecciones de diciembre, cuyo resultado va a ser aleccionador (aunque muy distinto a las previsiones del CIS catalán), y afrontar de una vez la revisión constitucional, después de cuarenta años de descuido. Que va siendo hora. Porque no es ni medio normal que en cuatro décadas el Estado Autonómico ni siquiera haya tenido tiempo de escribir los nombres de sus territorios en la Constitución. Tampoco de establecer con el rigor necesario qué competencias serán exclusivas del Estado y cuáles de las autonomías o compartidas. Para evitar atribuciones de conveniencia, mediante apaños presupuestarios, o cesiones debidas al puro chantaje. Que de todo ello hay precedentes bochornosos en estas décadas de recorrido autonómico. Incluso con ejemplos tan estrafalarios como la colección de embajadas catalanas que pastoreaba impávido Raúl Romeva, quien una vez tuvo pelo y se declaraba español siendo eurodiputado. Por eso y por tantas otras extravagancias más, resulta urgente acometer una reforma constitucional que nos iguale a todos los españoles en el régimen común, sin privilegios forales ni zarandajas conventuales. A los catalanes corresponde aplicar en las elecciones de diciembre la nota que consideren adecuada para quienes han conducido su país hasta la escombrera en que se encuentra. Han vivido día a día el proceso de ruidos, así que no necesitan la tabarra de más indicaciones. Y el conjunto de los españoles, aliviados por fin de esta matraca, ya nos merecemos un ordenamiento territorial sin hipotecas, como espacio de convivencia en igualdad. Ojalá la sensatez contribuya por fin a regular la España plurinacional sin ventajas plasmada en sus ensayos por uno de los nuestros, el ingeniero e historiador exiliado Anselmo Carretero Jiménez. Y de paso, nos va dejando volver a los asuntos, que con estos líos artificiales tenemos en olvido.