Sangría a chorros
C ada vez que el partido del gobierno anuncia una convención de rearme ideológico, caen chuzos de punta. Deberían localizar al gafe escondido en sus filas. Ocurrió el pasado finde en Sevilla con el petardo de Cifuentes, cuyo alcance no supieron calibrar, y ha vuelto a pasar esta misma semana, para aturdir la convención zamorana dedicada al mundo rural y al reto demográfico, que es como decidieron bautizar desde Génova a la sangría creciente que supone nuestra pérdida de población. Esta vez el petardo les estalló en directo, durante la presentación del agasajo postal a León. Como ni hubo ni va a haber dinero para la transición energética ni para derramas asfálticas o ferroviarias, que es donde hay chicha, el ministro de rodaduras Gigi de la Serna hizo un alto en sus cortejos para dedicarnos un sello conmemorativo de la serie Doce meses, doce provincias. Una cada treinta días de este 2018 sin presupuesto, en una estrategia ingeniosa para embaucar territorios insatisfechos con un trampantojo barato.
Lo que nadie podía esperarse, y menos que nadie sus anfitriones institucionales, es que el agasajo viniera con gato. Aunque ya no pueda fiarse uno mucho de los gestos oficiales, resulta imposible ignorar que la sociedad estatal de Correos y Telégrafos cuenta con sesenta y cinco mil empleados públicos y que no todos son carteros peatones. Así que es un organismo acreditado para no faltar a León metiendo en su sello de homenaje la catedral de Burgos, cuyo octavo centenario arranca con tres años de anticipo, dispuesto a recaudar patrocinios privados con exención fiscal. Se ve que también en recaudación catedralicia andan más listos que mi amigo el canónigo operario Mario Hortensio González. Pero en cualquier caso, resulta intolerable el traspié con las catedrales de Correos, porque no se trata de monumentos exóticos. De hecho, la de León, suplantada en su casa, es el primer monumento español, declarada como tal 41 años antes que la de Burgos. Hablamos de 1844 y 1885, en el siglo diecinueve, cuando León era una provincia pujante y bien asistida de heraldos defensores. Luego, el veinte fue de tendencia declinante, hasta alcanzar nuestra actual insignificancia. No son ganas de molestar ni de aplicar con crueldad luz de gas. Ahora, la catedral de Burgos, que entró en el pasado siglo con cuarenta años de distancia respecto a León, es la única que ostenta la distinción de Patrimonio de la Humanidad y, bajando de las musas a la caja, ha recibido más de diez veces la inversión pública de la de León durante los últimos treinta años. Así que tampoco puede ponernos fieros el descuido lamentable de este Correos pilotado por Javier Cuesta Nuin, un ingeniero de Caminos procedente del sector energético.
Yo más bien soy partidario de interpretarlo como el petardazo previo a la convención zamorana, donde van a examinar con retraso los deberes de la comisionada para la despoblación Edelmira Barreira, quien recibió esa encomienda el 27 de enero de 2017, en dependencia de la vicetodo Soraya. Han sido quince meses de tanto entretenimiento como escasa labor, aunque retribuidos con cien mil euros anuales del ala galaica. Pasaron los meses en recabar, convocar, proponer y amagar, hasta desembocar en esta convención zamorana, estragada por el master del matillano Enrique Álvarez Conde a la rubia Cristina Cifuentes. El jurista del embuste es zamorano fronterizo del Esla, de Matilla de Arzón, un pueblo que se descolgó de Valencia de don Juan en 1833 para subirse a Benavente. El agasajo de la convención va a ser una capa parda alistana para Rajoy. Ningún interlocutor como ellos para la despoblación.