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VERLAS VENIR ERNESTO ESCAPA
León

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A upados al tobogán electoral, que no descansa hasta junio, tampoco conviene saltar sin cautela, arrojándose al precipicio en mitad de la pendiente. Mejor repasar caretas y semblantes de lo vivido en esta larga campaña permanente, conjurando su borrado para san Juan de Sahagún, cuyo festejo celebran el 12 de junio Salamanca y la ciudad del Cea. Porque una vez abiertas las urnas abrileñas de san Prudencio, con sus triunfantes y sus descalabros, lo más llamativo sigue siendo la extravagancia de las cohortes opinantes alentadoras del batacazo, que ni reciben ni asumen ni digieren los disparates cosechados con sus fricadas.

Aunque los políticos ponen bastante de sí mismos para alentar y mantener estropicios, sin duda lo más dañino acaba siendo el escocido resquemor del pudridero opinativo, que invade las redes, las ondas, los papeles y las televisiones. Como todavía pataleamos sobre esos ruidos, no parece necesario ni acaso conveniente refrescar semejantes delirios, siempre más bochornosos para quienes los verbalizan que para sus sórdidos fabricantes. Pero estamos de nuevo inmersos en campaña y sería ardid pastueño suponer que los resultados de abril van a moderar la producción de embustes en las factorías de mentiras y engaños. Porque no las financian y sostienen para que se dobleguen al primer contratiempo. Son además veteranos de la engañifa, un enredo recurrente en el que están cumplidamente acreditados desde hace décadas. Acusar a un presidente de andar con “las manos manchadas de sangre” o cualquier otra barbaridad la expiden con el descaro de quien cada noche se refugia en el vertedero, a ver cuánta basura se apropia para arrojársela al adversario. Por eso, una vez alcanzada la frontera de san Juan de Sahagún, se impone la friega terapéutica para reconducir las barahúndas envilecidas hacia un espacio de convivencia civilizada y soportable.

Por supuesto, no va a ser fácil, si tenemos en cuenta lo enviscado que ha quedado el personal después de meses de arrebatos extremosos y desmedidos. Pero las purulencias no pueden dejarse cocer sin sajarlas. Estamos donde estamos y a ver cómo salimos de aquí. Resulta imprescindible apear primero la patraña secesionista, ridículamente aupada con la proclama zorrillesca del pastelero de Madrigal Gabriel Espinosa, en Traidor, inconfeso y mártir: “Sacrifico mi vida a sostener esta patraña, que mi historia hará famosa”. Espinosa se sacrificó, como el agustino que lo embaucó, sin que por ello se apagara en el vecino Portugal la antorcha anhelante del Sebastianismo.

Tampoco el juicio Supremo al procés va a clausurar la farsa secesionista, aunque sin duda contribuirá a recordar cuál es el reglamento que encauza y limita sus sueños. La comparecencia el jueves 25 de nuestro paisano de Castrocalbón David Fernández Ramos, exdiputado de la Cup, empezó a mostrar sin pamplinas la cara b del pronunciamiento. Duro e inflexible como el hierro que bautiza a Villaferrueña, el pueblo de su madre en la Valdería zamorana, David prolonga la rebeldía del abuelo Saturnino, que pasó ocho años de cárcel sorteando dos penas de muerte, y no disculpa el cobarde pavor del gerundense Puigdemont a la hora de la verdad.

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Pero sería grave torpeza limitar la reconducción al encausado flanco secesionista catalán. También los extremados vividores de la subvención pública deben hacer su camino desde el disparate descalificador a los espacios de convivencia. Entendiendo de una vez que los excesos incendiarios acaban chamuscando a quien los maneja. Si el batacazo de san Prudencio hubiera servido para aprender su lección, ya tendríamos mucho camino avanzado. Aunque la caverna siga rugiendo su desesperación.