el invento del maligno
Bailarina
El invento del maligno josé javier esparza
L a decencia debería llevar a comentar la final de la Copa del Rey de la otra noche, hito televisivo del año en términos de share. Pero la decencia y la televisión rara vez tienen algo que ver, así que se hace más propio hablar del escándalo de la semana: Belén Esteban, mejor bailarina del año. Es que fue impresionante, oiga. El Más que baile de Telecinco, versión privada del Mira quién baila estrenado por la Pública, designó a Belén Esteban como campeona. ¿Por qué? Esta es una de esas preguntas que sólo pueden contestarse con la mirada baja y las mejillas coloradas. Calificar a Belén Esteban como una buena bailarina es como otorgar a Zapatero el Nobel de Economía. A lo largo de varias semanas, toda España -"como suele decir la propia Esteban-" ha asistido a la constatación de que Belén no es una bailarina ni siquiera eficiente; más aún: se mueve con más entusiasmo que acierto, y describir como «baile» a sus movimientos es una licencia que debe más a la caridad que al rigor. Sin embargo, la verdadera protagonista del show ha sido, desde el principio, ella y solo ella, exhibida por la cadena como único argumento de audiencia. Al final, el voto del público ha sido determinante para consagrar este desafío al sentido común. «Belén no ha sido la que mejor ha bailado, pero sí la que el público ha votado», decía a modo de lenitivo moral el coreógrafo Poti, miembro del jurado. Otro miembro, Boris Izaguirre, apuñalaba: «Ella sabe hacer muy bien televisión y explicarle a sus espectadores lo que tienen que hacer». En cuanto a Belén, fiel a su papel de ingenua arrabalera, sólo acertaba a gritar: «¡Dios, dios, dios, no me lo creo! ¡Gracias!». Y al decir ella eso de «Dios», uno se imaginaba a Jorge Javier Vázquez sentado en paños menores al modo de un Buda feliz, sonriendo al evaluar el éxito de esta enésima estafa. Pero no todo ha sido negativo en el lance. Al revés, esta consagración de Belén Esteban como nueva Isadora Duncan nos dice mucho sobre el enorme grado de manipulación del público que la tele puede llegar a alcanzar. El circo de las mentiras.