Publicado por
José Javier Esparza
León

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Cuando uno viaja por tierras de la antigua y castigada ex Yugoslavia, lo que más le llama la atención es la cantidad de gente que sopla la trompeta (digo «sopla», y no «toca», porque el sonido no siempre es de recibo). En Serbia hay regiones enteras donde la trompeta parece ser el instrumento nacional. Bueno, pues eso no es nada comparado con el fragor de las trompetas, o lo que sean esos bichos, que bufan los surafricanos. ¡Qué escándalo, oiga! La otra tarde, en la previa del primer partido, apenas si se oían las palabras de los gerifaltes del futbolismo mundial. Y luego, en las siguientes citas, al espectador se le va poniendo en el oído un impertinente zumbido que ya no le abandona durante horas. ¿Por qué sopla así esa gente? Este asunto da un nuevo contenido a mi ocurrencia de impulsar la plataforma elmundialmelasopla.com: me la sopla, precisamente, la trompeta de marras. Los que saben de estas cosas —que aquí de todo hay especialistas— dicen que el pérfido instrumento no se llama trompeta, sino vuvuzela. Intrigado por el palabro, la wikipedia me aclara que es un término zulú. Es útil muy extendido entre las etnias locales y en setswana se llama lepatata.

La vuvuzela o lepatata, tradicionalmente fabricada en estaño, tiene una función ritual que es emular el barritar de un elefante. Eso, en los tiempos clásicos. Porque, en los tiempos modernos, toda la clave de la cuestión está en que un avispado empresario de la casa surafricana Masincedane Sport decidió comercializar en plástico el funesto objeto, abaratando mucho los costes y extendiendo su uso a las masas.

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De ahí que no haya surafricano que no posea un ejemplar. O sea, échesele la culpa al libre mercado. Para que se haga usted una idea de lo que llega a molestar el aparato ese, le sirvo un dato: el motor de un avión al despegar emite un sonido de 130 decibelios, y una vuvuzela o lepatata puede alcanzar los 127 decibelios. ¿Cómo extrañarse después de que los árbitros piten como pitan, siempre del lado surafricano? Con semejante estrépito en los oídos, esa gente debe de soñar con elefantes.