El invento del maligno | José Javier Esparza
Golfos
El invento del maligno josé javier esparza
Me ha impresionado la noticia de que a Carmen de Mairena la quieren empapelar por alquilar su piso a prostitutas. Esta señora, o señor, se hizo famosa (o famoso) por sus intervenciones en Crónicas marcianas, aquella taberna del regenerador Sardá. Hasta ese momento sólo era conocido como travesti de los bajos fondos barceloneses. Ya entonces Mairena acreditó ser un personaje francamente repulsivo, pero eso, en términos de espectáculo, no tiene por qué ser un inconveniente, como bien saben los magos de la televisión. Lo que uno, en su ingenuidad, no podía suponer era que el personaje se dedicaba también a actividades tan poco edificantes, y ahora, al calor del follón, uno descubre que esta Carmen, que en realidad se llama Miguel, ya había sido detenida dos veces por lo mismo. Eso no impidió, por cierto, que recientemente apareciera en El intermedio de Wyoming, otro regenerador. La noticia no puede quedar sin reflexión, a saber: de dónde sacó Sardá a este espécimen, con qué fin, y si acaso ya se dedicaba a estas cosas -"lo de las habitaciones para el sexo de pago-" cuando aparecía en la pantalla de Telecinco. Si así fuera, nos hallaríamos ante un caso de complicidad moral, por emplear una fórmula poco comprometida. En el mismo sentido, el suceso suscita una pregunta elemental: en qué muladares contrata nuestra telebasura a sus protagonistas. Uno sacaría las cosas de quicio si extrajera la conclusión de que todo el personal que vemos en la telebasura tiene antecedentes penales. Pero es una evidencia que hay cierta intimidad entre la telebasura y el mundo golfo, y éste, a su vez, suele hacer frontera con el hampa, por muchas lentejuelas que se ponga. Repase usted la lista de los habituales del género y constatará que la mayoría de ellos ha recibido alguna vez la visita de la Policía. Dentro del galopante empobrecimiento ético de nuestra tele, que es una constante desde hace quince años, este capítulo de los golfos profesionales merece un examen aparte. Y la complicidad de los regeneradores, también.