El invento del maligno | José Javier Esparza
Cayetana y el presidente
El invento del maligno josé javier esparza
E n tiempos de escasez las cañas se vuelven lanzas, y eso es lo que le está pasando ahora a Cayetana Guillén-Cuervo, maltratada a lanzazos por los profesionales de RTVE. ¿Qué oscuro rencor mueve a estos resentidos contra el sublime rostro de Versión española ? Nada, una fruslería: los 60.000 euros al mes que se embolsa la artista por su colaboración en la cadena pública. Las cifras las han dado los propios trabajadores de la casa: entre 60.000 y 80.000 euros al mes, sumando los honorarios por presentar Días de cine (15.000 euros semanales) y Versión española (20.000 euros por programa). Luego Cayetana dejó Días de cine , pero entonces fue fichada para Amar en tiempos revueltos .
El asunto no es nuevo, pero resurge ahora al calor de la crisis. Las rencorosas voces de la caverna añaden que, cuando protestaron por la situación, el entonces director de TVE, Javier Pons, contestó que «Cayetana no se toca». ¿Y por qué no se toca? Los airados denunciantes lo tienen claro: por el apoyo expreso que la actriz ofreció a Rodríguez Zapatero. Fue -"recuerde usted-" en aquella plataforma donde estaban también, entre otros, Pedro Almodóvar, Boris Izaguirre, Concha Velasco, Joaquín Sabina, Joan Manuel Serrat, Miguel Bosé, Ana Belén y Víctor Manuel. Boris y Concha, por cierto, tienen ahora mismo programas en TVE.
Aquí hay dos cuestiones que no es posible desligar. Una, si ese dinero que Cayetana cobra es proporcionado, es decir, si guarda proporción con su aportación profesional a TVE y con los datos de audiencia que obtiene. La otra, si tiene sentido que una cadena pública pague semejantes pastizales en tiempos de acusados recortes.
Cayetana tiene todo el derecho del mundo a ganarse bien la vida, como es natural. En la tele, además, es frecuente que haya estrellas cuya retribución atiende más a la imagen corporativa que al trabajo que desarrollan. Pero es verdad que el salario de nuestra dama, si los datos son ciertos, resulta un tanto sobredimensionado, por emplear un término blandito. Y para una cadena de servicio público, es sencillamente improcedente.