Crítica | marcelino cuevas
El óleo como reválida de la acuarela
Antonio Hernández expone en Sardón

Antonio Hernández posa ante una de sus obras.
Conocemos toda la pequeña historia de Antonio Hernández. En su aparición en el mundillo artístico de León, en la controvertida sala Torreblanca del Nuevo Recreo, presentó una serie de titubeantes acuarelas en las que apuntaba maneras de buen pintor. Ha pasado el tiempo y ahora, en su exposición de la Galería Sardón, nos encontramos con un artista de valía consolidada y extraordinaria modestia. Su pintura ha crecido, ha evolucionado, ha llegado a tener la consistencia necesaria para que podamos decir que nos encontramos ante un pintor importante. Antonio Hernández, en sus acuarelas, sabe captar la atmósfera, conoce la manera de capturar ese momento fugaz que solo dura un parpadeo, y sabe como llevar al papel húmedo la volátil presencia del humos, de la nube, de la niebla, los tonos cambiantes del cielo a lo largo del día, las luces y las sombras que delimitan el caserío lejano.
En esta ocasión el artista ha pasado delo cotidiano y ha volado muy lejos. Así, nos encontramos en sus obras con fantásticos paisajes urbanos pintados en vivo y en directo en el mismísimo Nueva York. Imágenes que nos llevan a las populosas arterias de Manhattan y a rincones apartados en los que se aprecia la realidad industrial de la ciudad de los rascacielos. En este caso Antonio Hernández se desenvuelve con una increíble paleta de grises que consigue recrear perfectamente el ambiente neoyorquino. Pero el artista también ha viajado a las antípodas de estos paisajes de rascacielos, a los enigmáticos recovecos de los canales de Venecia. Y allí los colores se hacen cálidos, los reflejos predominan sobre las arquitecturas barrocas. En este caso el pintor trabaja con la delicada representación del recuerdo, con la enigmática energía de la evocación. Hernández, en su continuo caminar artístico, se ha dado cuenta de que la acuarela muchas veces se le queda pequeña, que necesita armas más consistentes para enfrentarse a la realidad mágica que traslada a sus obras. Y ante el nuevo reto se ha decidido por el óleo, por poner en el lienzo con más potencia y con más pausa, esas imágenes que el filtro de su imaginación produce. Y así nos encontramos en esta exposición con unos lienzos de ambiciosas pretensiones que ha sabido resolver con maestría.
Sentiríamos que la grandilocuencia del óleo nos impidiera seguir disfrutando de la frágil belleza de sus acuarelas. Pero quizá sea este un tributo que debamos pagar ante la imparable evolución del artista.
Lugar: galería Sardón. Juan Madrazo, 25.
Horario: De lunes a viernes, de 12.00 a 14.00 y de 18.00 a 20.30.