Diario de León
Publicado por
José Javier Esparza
León

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TVE-1 ha estrenado su nuevo producto de ficción: La República , de Diagonal TV, prolongación de La Señora , pero con mayor ambición historicista que ésta. Las cifras no han sido malas: más de cuatro millones de espectadores. La guionista de la historia ha sido Virginia Yagüe, que es una de las firmas habituales de Diagonal. Pero en lo que toca a la reconstrucción de época hay que apuntar al asesor histórico: Ángel Bahamonde, un historiador declaradamente pro republicano y pro socialista, en cuyos textos es francamente difícil encontrar una mínima crítica de fondo a la República de 1931. Bahamonde es de los que piensan que la II República era un proyecto estupendo, lo mejor de la Historia de España, y que si fracasó fue por la cerril y funesta oposición de los malos de la película. ¿Qué malos? Los que aparecen en esta serie de TVE: el cura siniestro, el burgués egoísta, el militar conspirador ¿Y la violencia anarquista no tuvo nada que ver en el fracaso? Bueno, quizá sí, pero solo porque a aquellos angelitos les faltó paciencia para esperar a que los socialistas, ángeles mayores del paraíso republicano, llevaran a cabo las reformas redentoras. En la construcción de ese mito se pasan por alto cosas de cierta importancia. Por ejemplo, que las elecciones de 1931 no las ganaron los republicanos, sino los monárquicos, y que la proclamación de la República no fue obra tanto de la agitación popular como de la operación palaciega de Miguel Maura y Alcalá-Zamora. Por ejemplo, que la Iglesia saludó a la República con ánimo conciliador y la respuesta fue la quema de conventos de mayo de 1931, asunto que en la serie ni se sobrevuela. Por ejemplo, que fueron caciques como Romanones y militares como Sanjurjo los que de hecho abrieron el paso al nuevo régimen. Con esos mimbres, se entenderá que La República es cualquier cosa menos un relato ecuánime. Pero cumple, eso sí, la función que este Gobierno se ha fijado con otros productos como Amar en tiempos revueltos o La señora : reescribir la historia al gusto de la elite política e ideológica dominante.

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