Diario de León
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pedro trapiello

Me sorprendió que monseñor Villaplana, alicantino y ex-obispo de León, muriera en su tierra, pero dejara dicho que no le enterraran allí, junto a los suyos, sino aquí, en su último destino (y a pesar de que «los leoneses mordéis con la boca cerrada», como me comentó bromeando en cierta ocasión). Me acordé de este prelado cuando, al darme ayer la noticia de la muerte de Odón Alonso, me indicaron que sería enterrado en Soria y no en su Bañeza natal o en León. En Soria tenía casa, calma, aire limpio y su última memoria grata. Por León, últimamente, venía poco; no le llamaba mucho. O seguramente, no le llamaban.

Como director de orquesta lo fue todo; y sobre todo, la coronación de los sueños musicales de su padre, el viejo don Odón, aquella melena cana que rompía la pana provinciana con bandas municipales, orquestas de cámara y clases de música para desbravar la oreja de alpargata de mucha jumentud leonesa.

Traté poco a Odón hijo, encuentros casuales y algunas entrevistas para el periódico o la radio, siempre cordiales y sustanciosas (braceaba contra adversidades defendiendo la cultura musical como la mejor seña de la salud mental de un pueblo).

Para franquearle la confianza, siempre le recordaba que con quince años y con otros escolanos de los dominicos había formado parte yo de los coros de la Orquesta Nacional de España cuando, bajo su batuta, se estrenó en la Catedral de León con gran solemnidad, nuncios y autoridades La Atlántida de Falla finalizada por Halffter, el padre de Cristóbal (¡anda, que no he fardado yo ni nada con el asunto!). Establecida la confianza, traslucía sus sinsabores y siempre acababa lamentando que la música clásica no alcanzara definitivamente en León el rango que se había trabajado y que soñó su padre.

En Soria se sintió acogido. Y le honraron. Allí dirigía las Otoñadas Musicales Sorianas, allí le hicieron hijo adoptivo hace quince años, allí un auditorio lleva su nombre y en breve lo hará también una plaza de esa ciudad.

Ahora diremos, sin duda, que León ha perdido a un leonés relevante y grande, es cierto, pero quizá deberíamos decir que somos los leoneses quienes hemos perdido otra oportunidad de ser menos ingratos, olvidadizos o desdeñosos como somos por costumbre. Y que seguiremos desaprovechando el caudal creativo y los valores de tantos leoneses ilustres o esforzados a los que hemos pagado con distancia o silencio. Tampoco nos consolará mucho que ahora diga alguien que siempre habrá tiempo y ocasión para reparar torpezas. Aún así, alguna deuda habrá que saldar.

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