En paz... y sin perder el humor
Familiares y compañeros presentes en sus últimas horas destacan que Viñayo, a quien San Isidoro debe el haber llegado al símbolo que hoy es, murió con toda su lucidez.
La anécdota es muy significativa de aquel carácter suyo tan cercano, tan afable... y en muchas ocasiones, tan socarrón. Su hermano Manuel, habitual compañero de aventuras del abad emérito a través del patrimonio leonés, fotógrafo de algunos de sus libros, y apoyo constante en sus últimos años de vida, le preguntaba: «Antonio, ¿por qué no te duermes?». A lo que él respondió, ante lo concurrido de la estancia: «¡Me dormiría si me dejaseis!».
Fueron sus palabras postreras, como contaba Manuel Viñayo en la capilla ardiente; el humor, así pues, no le abandonó «ni en sus últimos momentos». Y es que el escritor y abad emérito isidoriano fallecía en torno a las ocho de la mañana de ayer en el hospital San Juan de Dios de la capital leonesa, en el que permanecía un mes ingresado, y tras una larga enfermedad a causa de la cual llevaba dos años imposibilitado. Una muerte que, sorprendentemente, ha coincidido con la celebración, por todo lo alto, del 950 aniversario del traslado de los restos del llamado ‘doctor de las Españas’ a la capital del entonces reino leonés y cuyo programa de actos abrió el miércoles monseñor Carlos Amigo, cardenal y arzobispo emérito de Sevilla.
Porque —y en esto está todo el mundo de acuerdo— si habría que recordar a Antonio Viñayo por una sola cosa, ésta ha de ser el haber no sólo salvado de la ruina física y del olvido social e intelectual a San Isidoro sino por haberlo convertido en lo que hoy es: el gran símbolo de lo leonés. En los años cincuenta, enormes grietas se abrían en los muros y el monumento no estaba en absoluto preparado para recibir visitantes. Dueño de una asombrosa energía, un entusiasmo contagioso y un optimismo a prueba de burocracias, Viñayo empredió obras de enorme calado, fomentó la investigación en el seno de la colegiata y organizó monumentales exposiciones como Tesoro sagrado y Monarquía o San Isidoro, Doctor Hispaniae , inauguradas por las máximas personalidades del momento y que colocaron al templo en primera línea en cuanto a investigación y difusión histórica se refiere. Recibió a políticos, expertos, dignatarios —Reyes incluidos— y ante ninguno ahorró datos, sugerencias ni detalles sobre el monumento o sobre la historia de León. Fue, además, el más rápido y certero contrincante del bando municipal en Las Cantaderas, fiesta en la que se entabla curiosa batalla dialéctica entre los poderes espiritual y temporal.
En 1957, Viñayo ingresó como canónigo en San Isidoro, donde se ocupó de la dirección del archivo-biblioteca-museo, hasta 1971, cuando fue nombrado abad de la Colegiata, cargo que abandonó en el 2003 aunque, desde entonces, no cesó de pronunciar conferencias ni de participar en actos culturales.