Mandoble judicial con la Tizona
Condenan al marqués de Falces a pagar casi 800.000 euros por la venta de la presunta espada del Cid que adquirió la Junta de Castilla y León por 1,6 millones.

Imagen de archivo de la espada Tizona en el museo de Burgos.
Tenían razón y una juez acaba de dársela. Mercedes y Olga, hijas de Salustiano Fernández, el pescador asturiano que cuidó hasta el final de sus días a Pedro Velluti Murga, marqués de Falces, son herederas y propietarias de media Tizona, la mítica y temible espada de Rodrigo Díaz de Vivar, El Cid. Diez siglos después de la muerte del Campeador, su presunto e imbatible espadón sigue repartiendo mandobles, aunque ahora por vía judicial. Quién se decía su legitimo y único propietario, el actual marqués del Falces, José Ramón Suárez del Otero, deberá pagar cerca de 800.000 euros -la mitad de lo que obtuvo por su venta- a estas hermanas asturianas a las que se acaba de reconocer la propiedad compartida.
Puede el marqués recurrir la sentencia y arriesgarse a nuevos espadazos en instancias judiciales superiores.
Purificación Pujol Capilla, titular del juzgado 72 de los de primera instancia de Madrid, ha fallado que Salustiano Fernández y Jacinta Méndez, los padres de Mercedes y Olga, fueron propietarios legítimos de la mitad de la espada y condena por tanto al actual titular del marquesado de Falces a entregar a las hermanas asturianas la mitad de los casi 1,6 millones de euros que se embolsó por la venta del preciado acero a la Junta de Castilla y León en 2007. Por demás, el noble que se arrogó la plana posesión de la Tizona tendrá que abonar las costas judiciales.
Todo indica que estamos ante el penúltimo capítulo del litigio por los pingües beneficios de la enajenación de la mítica espada que, ajena al combate judicial, reposa en su vitrina del Museo de Burgos. No cabe duda de que su actual y legítima propietaria es la Junta de Castilla y León, que hace cinco años desembolsó casi 1,6 millones de euros que engrosaron las cuentas del marqués de Falces. La Junta hizo frente a tan abultada cantidad gracias a una donación de 600.000 euros aportados por varios empresarios burgaleses. José Ramón Suárez del Otero y Velluti procedió a la venta de la Tizona aportando una enjundiosa batería de documentos que le acreditaron ante la institución como legítimo propietario del arma del Cid.
En caso de juicio
Muy seguro de sí, pero enfrascado ya en el contencioso con la familia gijonesa que reclamaba la copropiedad, firmó un aval comprometiéndose, en caso de un revés judicial, a asumir responsabilidades y no lesionar los intereses del Gobierno autonómico que adquirió en buena ley el espadón del Campeador. Suárez del Otero sostuvo ante los tribunales y los compradores que la temible y acerada hoja, de 93 centímetros de longitud, 4,3 de anchura y 1.153 gramos de peso había pertenecido durante seis siglos a la aristocrática estirpe de la que forma parte. Pero hete aquí que su tío y antecesor en título, Pedro Velluti Murga, nombró herederos a Salustiano y su esposa.
El penúltimo marqués tenía razones de peso y una poderosa vinculación emocional con el matrimonio. Salustiano y Jacinta lo cuidaron con devoción durante tres décadas y hasta el día de su muerte. Su relación se fraguó en Luarca, villa asturiana donde José María Velluti Zbikowsky, XVI marqués de Falces y propietario de la Tizona, pasaba los veranos con su esposa y sus hijos, Pedro y Olga. El aristócrata pidió a la familia del pescador que cuidara de su hijo Pedro, invidente y enamorado del mar.
El humilde matrimonio asumió la carga y los lazos se estrecharon tanto que, a la muerte de José María Velluti, las hijas de Salustiano y Jacinta se trasladaron con Pedro Velluti a Madrid primero y después a Gijón, donde el noble, abandonado por su única hermana, falleció en 1986. Agradecido, Pedro Velluti nombró heredero universal a Salustiano. Años después las hijas del pescador averiguaron que su benefactor era también propietario de la mítica espada, depositada desde 1944 en el Museo del Ejército y supieron que actual marqués la había vendido. Olga y Mercedes reclaman entonces el 50% del dinero que se embolsó Suárez Otero, más intereses, iniciando una batalla legal que escribe ahora un capítulo crucial. Para ganarla las hermanas asturianas aportaron acreditaron documentalmente la copropiedad del disputado acero medieval. Ajena al choque de togas y sentencias, lo único claro es que el arma que atemorizaba al infiel no se puede partir para aportar una solución salomónica al conflicto y que no se moverá del museo de la capital burgalesa, apenas a ocho kilómetros de Vivar del Cid, localidad donde el legendario caballero vino al mundo en 1043.