Publicado por
RAFAEL SARAVIA
León

Creado:

Actualizado:

Dónde debemos poner el límite? A veces el estupor alarga en exceso los límites racionales del desvelo. Tal vez por ello, cuarenta años después de la muerte de Pablo Neruda, se atreven algunos a hacerse preguntas sobre su muerte. Cuarenta años… uno acaba viendo límites demasiado amplios y le cuesta trabajo comprender. Esos límites últimamente son más comunes de lo que pensamos. Nos hablan de conciencia y uno no sabe a qué atenerse; qué significa realmente ese término en los tiempos que corren. Conciencia, o al menos su apariencia, es lo que subyace de la dimisión de Annette Schavan, ministra de educación de Alemania, que al verse envuelta en un posible plagio de su tesis doctoral —hecha hace treinta y tres años, por si alguien quiere darse cuenta de que los delitos de moral y conciencia no prescriben— decide dimitir de su cargo.

Buscamos ejemplos y se nos radicaliza la rabia, se nos pone al límite la manera de tragar y asumir que todo es factible, todo asumible y que ya nadie ejerce un poquito de responsabilidad cívica para con los cargos que ocupa. Ese límite en España está siendo más laxo que nunca, más extensible que la vergüenza si cabe, y por ello el descrédito se apodera de esa clase política vil y rancia. Sin duda pagarán justos por pecadores; haberlos, los habrá buenos, pero son tan pocos y tan apartados de funciones relevantes, que apenas suenan en este cascabeleo de sobres y trajines. El límite se va alargando, aunque algunos nunca lo vean excesivo. Por ello, no está de más asumir como bondad esa renuncia de un hombre de 85 años de edad que ya no siente fuerzas para estar al mando de una institución tan pesada como es la iglesia católica. Bien por la honestidad y el coraje de un ser humano débil, ya a su edad, que rompe con cinco siglos de tradición. Hay límites que nunca vienen tarde; si alguien así es capaz de ‘renunciar’ (otros podrían entender esa palabra como dimisión), no entiendo cómo no cunde el ejemplo entre la curia política española.

De límites sin duda sabía más que nadie el gran Eugenio Trías, que nos ha dejado recientemente para consagrar sus límites al tesoro inmaterial de la filosofía y el pensamiento. Un hombre que generó desconcierto y materializó una reflexión en torno a esas «antenas poéticas» que debe tener la filosofía; ese límite que, gracias a él, uno puede asumir en forma y tiempo y pensamiento definido.

Ese límite que los ciudadanos de hoy estamos a punto de alcanzar y que simplemente definirá el final, un trazo último. Sin saber muy bien qué vendrá después, pero sin duda albergará un cambio, una nueva etapa, un nuevo comienzo después del límite superado. Recuerden que, si seguimos así, sin la escucha ni la comprensión cívica de nuestros mandatarios, el límite que tiene uno sobre equis (sea éste el gobierno que sea), si sigue tendiendo a infinito, acaba siendo cero. Las matemáticas y la paciencia se alían para decir basta.

Cargando contenidos...