Hermoso de Mendoza durante la lidia a su segundo.

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León

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Toros : de «Los Espartales», reglamentariamente despuntados, mansurrones y de juego variado.

Joao Moura : medio rejón y descabello (silencio); y once pinchazos, medio rejón y descabello (pitos).

Pablo Hermoso de Mendoza: tres pinchazos y rejón caído (ovación); y rejón caído (oreja con petición de la segunda).

Un cartel emotivo. El primer y último eslabón de la dinastía Moura se daban cita para que el veterano Joao se despidiera de Madrid, y, aprovechando la ocasión, dar la alternativa a su hijo pequeño, Miguel, una de las grandes esperanzas del rejoneo portugués.

A pesar de lo significativo de la tarde, la gente venía a ver a Hermoso, sin embargo, al no competir con nadie propició que el objetivo de la tarde fuera el disfrute en lugar de ver una rivalidad en el ruedo, que siempre da un cariz emocionante a este tipo de festejos.

A su buen primero le cuajó Hermoso una faena de altas cotas, con un concepto puro y sin concesiones, y con tres partes bien diferenciadas.

La emoción vino con Disparate a dos pistas, encelando al astado a milímetros de la montura, y en cambios por los adentros de sumo nivel.

Con Ícaro, la torería por la manera de llevar cosido al animal, ofreciéndole los pechos con pureza y valor, y clavando, incluso, dos banderillas de poder a poder de notable factura. Y con Pirata, la ebullición con dos cortas y adorno del «teléfono».

Pero falló al matar. Y así, una faena de Puerta Grande quedó reducida a una ovación.

Joao Moura llevó a cabo una primera faena sobria ante un toro muy medido de fuerzas, con el que tuvo que poner él todo para llegar a unos tendidos, que disfrutaron, sobre todo cuando montó a «Jaguar», con el que puso banderillas reunido y certero, y con el que destacó también con piruetas y otros alardes. No obstante, la ausencia de oponente, que blandeó en varias ocasiones, propició que el quehacer de Moura no calentara lo suficiente. Además falló con el rejón de muerte.

Miguel Moura se presentaba en Madrid con tan sólo dieciséis años, curiosamente, la misma edad con la que debutó también su padre hace treinta y siete temporadas.

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Al joven Miguel se le notaron en su primero los nervios propios del compromiso tan grande, además de evidenciar lo poco placeado que aún está para de sacar partido de un toro manso pero que respondía en la querencia.