«Sé bien qué es no tener lectores»
Dan Brown presenta en Madrid su nueva novela, ‘Inferno’, aterradora fábula sobre la superpoblación donde se pregunta «si los humanos debemos jugar a ser Dios».
El estadounidense Dan Brown posa en la presentación de ‘Inferno’ en la Biblioteca Nacional.
Se cuelga por los pies al amanecer. Como un murciélago diurno, irriga su cerebro cabeza abajo en busca de inspiración por las oquedades de la historia. Un reloj de arena sobre su escritorio le marca cada hora.
Momento de parar y realizar unas flexiones. Son las manías que han permitido a Dan Brown (Exeter, New Hampshire, 1964) convertirse en el autor más leído del mundo. «La vida del escritor es oscura soledad; el 99% del tiempo encerrado ante la pantalla de un ordenador y solo un 1% dando la cara a la luz y ante el público, intentado ser tan brillante y divertido como te exigen tu editores». Lo dice en uno de esos días clave en los que se el guion exige inteligencia, dinamismo y simpatía. Brown presenta al lector español su nueva y aterradora fábula, Inferno (Planeta) con la que aspira a acrecentar su mito. Vendidos doscientos millones de todos su libros, llega al mercado hispano con un millón de ejemplares de esta cuarta novela en la que recurre al mismo personaje, Robert Langdon, y a la misma fórmula que alterna símbolos, intrigas, bondad y maldad. En este caso la propagación de un virus que amenaza la continuidad de la presencia humana sobe la faz de la tierra le permite preguntarse si «los humanos debemos jugar a ser Dios».
«El infierno y el paraíso son metáforas; pero existen y están en este mundo» advierte risueño segundos después de saludar a una masiva audiencia en su rudimentario español. Brown llenó a rebosar el auditorio de la Biblioteca Nacional, a la que llegó en un vehículo de gran cilindrara de lunas tintadas, con la expectación de las estrellas de rock o de cine.
Con anodina americana, camisa y vaqueros, salta a la escalinata con la agilidad de un atleta, para posar ante las cámaras a la sombra de Alfonso X el Sabio. Todos los asistentes bajo acreditación con un rigor propio del la CIA o el Mosad. El mismo que se aplicó para la traducción de la novela en un búnker aislado.
Brown es un eficaz profesional de la promoción. No deja de sonreír un solo instante y no dejará una pregunta sin respuesta. Eso sí, con habilidosos rodeos para eludir las más comprometedoras y menos amables. «Los historiadores le acusan de flagrante falta de rigor» escucha. «No soy historiador, invento mis historias y la gracia está en contrastar sus tesis con las mías» dice en el primer regate. Estudiante dos años en Sevilla y veraneante en Gijón, chapurrea un dubitativo español. Se ayuda de un diminuto pinganillo para recibir las traducciones.
«Sólo leo los titulares»
«¿Es cierto que no lee las críticas, que le importan un rábano?». «Leo los titulares y me basta para saber si son buenas o malas. No necesito más. Un escritor jamás gustará a todo el mundo. Yo escribo el libro que me gustaría leer, y si convenzo al lector, miel sobre hojuelas». Y parece que lo logrará de nuevo, a tenor de la sostenida demanda de los libreros, muy por encima de las expectativas de los editores y al margen de los varapalos que la crítica sajona ha propinado a Inferno .
Parejos a los recibidos pos sus anteriores novelas y que no hicieron mella en sus envidiables cifras de ventas. El código Da Vinci vendió 81 millones de copias en más de cincuenta lenguas, y sus películas han recaudado más de 1.200 millones. Pero no fue siempre así. «Se muy bien qué es escribir y no ser leído, que no te hagan caso y no tener lectores; hay que perseverar» aconseja el escritor más vendido de la historia.