Diario de León
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Crítica de televisión mikel labastida

Mientras que la ficción cada vez se esfuerza más por representar con crudeza la realidad, los espacios de ‘telerrealidad’ se encargan de espectacularizarla y disfrazarla. El retrato fidedigno no entretiene.

Y los programadores se empeñan, basándose en esto, en exagerar y manipular los actos y oficios cotidianos. Los últimos damnificados son los cocineros, que están de moda. No hay cadena que no tenga su puchero. El último que se ha puesto a hervir ha sido el de Antena 3, Top Chef , un MasterChef aliñado con ingredientes de Pesadilla en la cocina , que fue servido con éxito para más de tres millones de espectadores

Como los anteriores, incide en convertir los fogones en un campo de batalla sin piedad en el que cada guiso es una contienda y en lugar de licuadoras y batidoras se usan ballestas. A mí me pasa últimamente que cuando voy a un restaurante imagino los hornillos «más guarros que la Potitos» (que diría Chicote) y al jefe de cocina y su equipo histéricos en una especie de contrarreloj bramando «no llegamos».

Los tiempos de la alegría culinaria, que instauraron Arguiñano y su perejil y antes Elena Santonja con las manos en la masa, pasaron. Ahora los chefs se dibujan competitivos y despiadados. Top Chef explota esta idea. Más allá de lo que se cocinó (pintada ‘de temporada’, según Paula Vázquez) lo que caló en la audiencia fueron las broncas del jurado, las lágrimas de Bárbara, la mala leche de Begoña y el dedo que casi se le queda colgando a Enrique.

Y que éste, con la sangre, hiciese un sofrito para rehogar los calabacines.

Para próximas semanas no se anuncia que vayan a explicarnos cómo preparar un salmón crujiente o un bacalao al pil pil. No. Lo que prometen son pruebas arriesgadas, tensión y rivalidad máxima entre compañeros. Tragedia entre fuegos. ¿Nos aproxima Top Chef al trabajo diario en la restauración? No. Este programa tiene de retrato gastronómico lo que Gran Hermano de experimento sociológico. La tele ofrece espectáculo. En un barco, en un garaje o en una cocina. ¿Y la realidad? ¡A quién le interesa! «La realidad debería estar prohibida», que gritaba un personaje de La flor de mi secreto, de Almodóvar.

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