Publicado por
javier martín-Domínguez
León

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Y a todo es un secreto a voces. Nada ni nadie escapa a la gran oreja digital. Si todo contenido digital es susceptible de ser pirateado, cualquier conversación, incluso las de los más poderosos, también puede ser captada, grabada, espiada al fin y al cabo.

Si queremos ver en acción la maquinaria de hurtar secretos, basta con que nos asomemos a la serie Homeland, que reinicia temporada en Cuatro.

Basada en la trama de descubrir al infiltrado en las propias filas, la serie se desenvuelven en el corazón de la CIA y sus métodos digitales de trabajo. En la última entrega asistimos a una sala de operaciones, repleta de pantallas y ordenadores conectados a satélites, para vivir en tiempo real el desarrollo de una operación encubierta para liquidar a un terrorista.

El corolario de estas actividades es que la paranoia aumenta progresivamente entre sus protagonistas. En el mundo real esta paranoia se está instalando entre los países aliados que, según las revelaciones de Snowden, están siendo espiados por el amigo americano. La situación es tan reveladora como antigua.

Podíamos recordar aquella foto emblemática de Franco y Eisenhower estrechándose los brazos en el Madrid del 59. Entre los dos aparece un general americano que actuaba de traductor. Se llamaba Vernon Walters y su trabajo de campo en Europa más su conocimiento de varios idiomas terminaría reportándole el puesto de director de la CIA.

El intérprete terminó llevando la voz cantante justo cuando el plan de la ‘Guerra de las galaxias’ de Ronald Reagan dio paso a una nueva era con la caída del muro de Berlín. Nada ha vuelto a ser lo mismo. Hasta entonces la base del espionaje era la Unión Soviética.

Luego se paso al mundo islámico y vemos ahora que también a los aliados. Nadie escapa del tentáculo digital, que más allá de la polémica, coloca nuevamente a Estados Unidos como propietario del arma del futuro. La clave ya no es la bomba atómica, sino los instrumentos de la ciberguerra.

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La oreja del espía Walters está ahora equipada con un amplificador digital que deja desnudo al enemigo; y al amigo, también.