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mikel labastida
León

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Entiendo perfectamente cuando los programadores y guionistas de este país dicen que aquí no se pueden producir breakingbads o madmenes .

Que la historia del profesor de Química metido a cocinero de meta azul y la del publicista que ahoga sus penas en whisky y señoras están muy bien, pero que esas series en Estados Unidos se dirigen a públicos minoritarios y que en España las cadenas son generalistas y necesitan grandes audiencias. Vale, aceptamos barco como animal acuático. Comprendo que muchos de los títulos americanos por los que sentimos devoción ( The Wire , Los Soprano , Boardwalk Empire ...) precisan presupuestos que aquí ni se huelen y que Telecinco o Antena 3 han de tratar de conquistar al mayor número posible de espectadores con tramas costumbristas y no demasiado enrevesadas. Yo lo entiendo, de verdad. Pero una cosa es que nunca lleguemos al nivel de Breaking Bad y otra que tengamos que conformarnos con Bienvenidos al Lolita . La diferencia, lo siento, es demasiado abismal. No tengo ningún interés en entrar a comparar las producciones nacionales con las internacionales, porque esa guerra está muy trillada.

Lo que digo es que ya está bien de justificar algunas cosas que se hacen en nuestras televisiones con la excusa de que en España se destina menos dinero a la ficción y se exige un producto más blanco. No, nada de esto sirve para defender lo que Antena 3 estrenó esta semana. No es cuestión de presupuestos, ni de audiencias. Bienvenidos al Lolita es un despropósito desde su concepción. Desde que a alguien se le ocurrió rodar una serie sobre un cabaret venido a menos en el que conviven niños, abuelos, camareros argentinos y chachas andaluzas. Desde que alguien tiene la brillante idea de poner a Natalia Verbeke a cantar Resistiré mientras baja por la escalera del edificio del que acaba de ser desahuciada, seguida por su criada vestida con uniforme. Desde que alguien escribe en un guión que estar «en una silla de ruedas no está tan mal porque en las discotecas las chicas te sujetan las copas». Y así sin parar.

En serio, existen términos medios. Con poco dinero se pueden contar historias menos marcianas. O igual la intención era esa. Y yo no he sabido valorarlo.

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