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RAFAEL SARAVIA
León

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Un hombre grande es aquel consciente de su pequeñez ante lo infinito. Sólo los mediocres se jactan de su altitud. Por eso en el lugar de los maestros, en la sala donde los sabios consideran lo incierto de la belleza del mundo, sólo se respira humildad para con ellos mismos y los que envuelven sus vidas.

«Aprendiz de discípulo de poeta» se consideraba él: Félix Grande. Como si su grandeza se pudiera encoger en esos términos. Como si los muchos que le seguimos tan de lejos por detrás, no supiéramos que su lugar en el mundo está mucho más arriba, entre otras cosas, por su conducta y su magistral forma de entender la vida.

Lo he dicho muchas veces, maestro no es una palabra que se pueda otorgar uno a sí mismo. Uno no es maestro porque lo dicte ningún título. Uno es maestro cuando hay alumnos que lo reconocen como tal. Y esa era sin duda una de las virtudes de Félix Grande, considerarse alumno del mundo cuando tantos y tantos lo teníamos como maestro.

Este es un comienzo de año trágico. Se quiere apropiar la muerte de todas esas conductas brillantes que daban esperanza a la vida a través de su palabra. Juan Gelman, José Emilio Pacheco y ahora Félix Grande. Como si creyese la guadaña que por llevarse la espiga nos quitase la raíz.

«He querido expresarme/Toda mi vida he querido expresarme./ No tengo otro destino, otro afán, otra ley.» Tal vez estos versos hagan resumen de la conducta libre de un poeta mayor. Ese que asumió el error para generar virtud futura. Un obrero de la delicadeza que ejerció con rotundidad el compromiso y la desobediencia vital inherente a un poeta sin apelativos. Simple y contundentemente: un poeta. Sencillamente: Félix Grande.

Félix estuvo en nuestra ciudad varias veces. Recuerdo nuestra lectura juntos, en la Feria del Libro de León en el 2010. Fue su figura entera, cuerpo que todo lo cubre, voz que desata nudos complejos, la que atrapó sin duda al oyente de poesía. Todos asumimos como eje melódico su recitar, tan lleno de compás y retranca y misticismo blanco.

Félix Grande fue poesía. Ayer hubiese cumplido años el hombre que en su hermosura colmó sus poros de lo impredecible; fue hombre poeta, marido de poeta, padre de poeta... sabe el lector que el poema no se consume ni siquiera por gusto de la miserable muerte. Por eso, desde su libro «Las piedras» publicado en 1963, hasta su «Libro de familia» publicado en el 2011, la verdad de Félix Grande nos acompaña con la irreverente maestría del que no pretendió ser maestro de nada y de nadie, y lo fue de poesía, música y vida para muchos amantes de la palabra, el tempo y la condición humana.

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«Pienso en ese futuro tranquilo y arrugado/ como en dos viejos libros qua ya no lee la gente,/ con tanto como habrán, en silencio, aguardado». Querido Félix, eres libro que no se dejará de leer. Eres por siempre poema continuo.