Diario de León

CULTURA

Justino de Azcárate, un intelectual contra la hemiplejia del sectarismo

Sierra Pambley conmemora los 25 años de la muerte del que fuera ministro de España

Justino de Azcárate con  sus hijos Carmen y Juan Cayo y con Luis Entrecanales Azcárate trillando en Villimer

Justino de Azcárate con sus hijos Carmen y Juan Cayo y con Luis Entrecanales Azcárate trillando en Villimer

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CRISTINA FANJUL | LEÓN
León

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Hace 25 años fallecía en Caracas Justino de Azcárate. Secretario de la Asociación de Intelectuales al Servicio de la República, presidente de la Fundación Sierra-Pambley, presidente de Hispania Nostra, presidente del Patronato del Museo del Prado... la lista de cargos y responsabilidades que desempeñó el intelectual y político leonés resulta ciertamente abrumadora, como su categoría humana y profesional. «Entonces, la calidad moral e intelectual de una persona predominaba sobre cualquier circunstancia de orden político. El sectarismo no existía todavía», decía él mismo en una conversación sobre su tío, Gumersindo de Azcárate.

Heredero de la Institución Libre de Enseñanza, la casta de Justino de Azcárate debería estudiarse en los colegios como una manera de vencer la hemiplejia mental del sectarismo imperante. Diputado por León en las Cortes Constituyentes de 1931, subsecretario de Justicia a los 29 años, con el socialista Fernando de los Ríos, subsecretario de Gobernación en el Gobierno de coalición republicana, efímero ministro de Asuntos Exteriores en el Gobierno de coalición constituido en julio de, 1936 en un intento de evitar la guerra civil... el 15 de junio de 1977 aceptó la propuesta real de convertirse en senador de una monarquía parlamentaria. «Es que soy republicano, Majestad». Sin embargo, el honor y la responsabilidad le obligaron, una vez más, con un ejercicio de patriotismo hacia España, él que había huido al monte tras el golpe del 36, él que padeció la cárcel y el exilio.

Mucho se habla ahora de aquella época y, sin embargo, poco queda del espíritu que la gestó. En 1984 pronunciaba un discurso en las Cortes que sigue vigente: ««Sí, estamos descontentos, pero no derrotados, y quizá nos sentimos más indignados que indiferentes. Y ésa es nuestra buena estrella, porque si sabemos darnos la mano, descartar lo mezquino y mirar con alegría hacia delante, conseguiremos lo que, buscamos».

Destaca Rodolfo Martín Villa que para los diputados de UCD, Justino de Azcárate fue algo más que un compañero: «fue un maestro y un maestro con naturalidad». «Era hombre que sabía que gobernar es mandar, pero que gobernar, asimismo, es ceder, porque el otro también tiene sus razones», destaca.

Y, en un momento de hartazgo hacia la política, destaca Martín Villa que Justino de Azcárate les ganaba a todos en juventud. «En aquellas noches de campaña, en las reuniones políticas, siempre quedaba tiempo para hablar con Justino. Nos quitábamos nosotros veinte años y él cincuenta», rememora.

Joaquín López Contreras destacaba en el Boletín de la Institución que hay un antes y un ahora que pasan por Justino de Azcárate: «Se trata de una España difícil, anterior al silencio, y de esta España difícil posterior al silencio. Justino es su nexo vivo, es más que un testigo. Por él sabemos que caben en el mismo hombre el pasado y el porvenir de la dignidad española», escribía el anterior presidente de la Fundación. Y es que, Justino de Azcárate tenía una concepción radical de la política, pero al tiempo sabía que los tiempos nunca debían revertirse si con ello se provocaba el sufrimiento ciudadano. Su formación estaba del lado del liberalismo inglés: «Al salir de la cárcel, por razones de principio, yo no quise intervenir en la guerra. No dudé de mi simpatía e inclinación por el bando republicano, pero por cuestiones de humanidad me dediqué a trabajar en todo lo que sirviera de acercamiento entre los dos bandos. En esa tesis estaban Ortega, Marañón, Castillejo, Madariaga y gente importante de la política francesa e inglesa. A través del movimiento Paz Civil de España, desde París, participé en la promoción de canjes, indultos y conmutaciones de penas de muerte. Le escribí una carta muy larga y sentimental a Fernández Cuesta. No sirvió de nada. Me consta que la recibió. Todo quedó en silencio»...

Dibujaba Manuel Vicent en 1981 la personalidad de Justino de Azcárate: «Esta es la mezcla: yeguas al galope y filosofía moral, gimnasia, ducha fría, pedagogía y laicismo a la sombra de la barba de Francisco Giner de los Ríos». Él mismo se definía sin pretenderlo: «Mi primera visión del mundo es un anaquel con dos hileras de tomos relampagueantes, divinamente encuadernados: las obras completas de Platón y de Aristóteles». Así, cualquiera.

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