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RAFAEL SARAVIA
León

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L os mundos se desesperan en estos tiempos de catarsis. Es entonces cuando el planeta, necesitado de profunda verdad, se nutre de la energía más valiosa que existe... los poetas continuos.

Esos poetas que acaban apagándose, como sacrificio vital, en épocas de grandes crisis para poder generar la luz final que todo lo puede; para manifestar su inmortalidad, y la de su verdad, en épocas de absoluta necesidad.

De 2014 a esta parte nos han dejado, por ejemplo, poetas tan imprescindibles como Juan Gelman, Jose Emilio Pacheco o Félix Grande. Pero la última semana nos convoca otra vez en torno al elogio del poeta continuo, ese que sabemos jamás dejará su verdad apagarse pues a pesar de famas u homenajes, su palabra es necesaria para el equilibrio de la existencia. En esta última semana, dos poetas, Tomas Tranströmer y Herberto Helder, han vuelto a reforzar la luz necesaria de lo importante.

Ha dicho Bernard Noël, el poeta y pensador francés, en su reciente visita a España, que la poesía es necesaria precisamente por la cultura del esfuerzo que genera. Por ser un producto del pensamiento y la belleza que es ajena al consumo masivo. Ha dicho: «No dudo de su interés y pienso que es el mejor medio de resistir a la sociedad de consumo, porque en el fondo la poesía es ‘inconsumible’ en ese sentido. Resiste por sí misma».

En este sentido, uno de mis grandes poetas continuos, el recientemente fallecido Herberto Helder, hizo de su vida un complejo sistema de profundidad discursiva y vital que me ha fascinado en estos años de lectura.

Descubrí a Helder con la edición bilingüe del libro O el poema continuo editado por Jesús Munárriz en Hiperión en el año 2006. Por aquella época me había ya hablado de él Antonio Gamoneda, pero no había leído sus versos con tranquilidad. Versos como: «[...] Peso y melancolía/ de la riqueza/ y del miedo, Y que me asome Dios a las partes/ graves: con su guante súbito/ en el abismo,/ Es a mi nombre a donde regreso: a la amenaza,/ La limpidez/ me atraviesa por los orificios naturales/ ardidos,/ Entra un astro/ dentro de mí:/ me hace potencia y danza,/ Que toda la noche del mundo te vuelva humana:/ obra».

En esta acción de un poeta total, de los que asumen que la poesía está más allá de sus propios versos, de los que saben domar el ego que tan fácilmente despierta en los creadores, yo encontré la medida de mi mismo. Gracias a poetas continuos como Helder uno sabe recolocarse en el panorama real de las letras que trascienden, para sentirse, en mi caso, una diminuta pieza en el corredor de los propósitos.

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Por eso en semanas tristes como esta, donde la resurrección de la carne no importa pese a que nos dejen seres tan valiosos - Gelman, Ledo Ivo, Rojas, Agustín Delgado, Félix Grande... y las de los recientemente ausentados Tranströmer o Helder-, hago apología de esos poetas que siempre generarán la esperanza necesaria para doblegar, desde la minoría, el pensamiento único que deslegitima la voz humana.