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RAFAEL SARAVIA
León

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E n esta ciudad nuestra estamos llenos de gente muy lista; comerciantes, políticos y policías que son de lo más perspicaces y avezados. No son tantos —no podrían serlo todos— pero esos, los que lo son, nos acaban haciendo sentir al resto de los mortales como auténticos gilipo-po-po-llas.

Resulta que tenemos en León a un músico, Arty (Artem Eremin), que ha querido hacer de esta ciudad su hogar. Un acordeonista que viene de Rusia y se plantea que su trabajo, su buen hacer, sus melodías y sus vivencias pueden estar en comunión con una pequeña ciudad norteña que encaja perfectamente en sus melodías. También resulta que Arty no viene con el talante cerrado. Viene con hambre de aprender (suele ocurrirle a quien es inteligente) y aprehende cada nota vital de estas tierras.

Tiene todas las canciones de nuestro cancionero popular afinadas y mimadas en su acordeón. Podemos pasar por la Calle Ancha y sentir que León tiene banda sonora propia gracias al buen hacer de este músico. El Himno de León, La Jota de Boñar... La Garrucha. .. también siente que el pueblo de León es fuerte y trabajador... también tiene notas para los mineros de las montañas nuestras... Santa Bárbara suena también en ciertas noches de otoño como homenaje a ellos. Su hija, Alexandra Akulina, estudia en nuestro conservatorio y ya apunta maneras. Ya va representando nuestra ciudad en certámenes que aprecian su valía por diversas ciudades de España. La gente quiere a esta familia. Aportan alegría, trabajo bien hecho... aportan un valor añadido a esta sociedad nuestra que tanto se llena la boca con discursos en favor de la cultura y sus libertades y que luego, en realidad, acaba siendo cateta y defectuosa.

Tiene Arty más de once mil seguidores en sus redes virtuales, la mayoría de nuestra ciudad. Con ese apoyo pocos políticos cuentan. Y sin embargo Arty sólo pide que le dejen trabajar. Seguir poniendo banda sonora –nuestra banda sonora- a las calles de León. Seguir trabajando para enriquecer nuestro acervo cultural y ser parte de esta ciudad.

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Le dan permisos mensuales y después de cada polémica le perdonan la vida como si el favor se lo estuviésemos haciendo nosotros a él. En esta situación, se echa de menos aún más la maestría de nuestro competente y cronista de la sátira más exquisita: Javier Krahe. Se fue con elegancia -dijo en su día: Los finales no se pueden prever, simplemente suceden- Seguro que a él se le hubiese ocurrido una canción a la altura de nuestras autoridades sancionadoras. Tal vez sean sólo rumores. Tal vez falta de rigor. Tal vez sea culpa de la Otan o de Manitú. Pero la realidad es que nadie comprende nada. La valía se deja escapar, se llenan estadios con mediocridades y se pone trabas (sean crucifijos, sean acordeones) a las personas que merecen la pena. Parecemos sin duda una panda de gilipo-po-po-llas.