Diario de León

JOSÉ LUIS GAVILANES escritor

«A Baroja le debo la visión amarga de lo cotidiano»

José Luis Gavilanes Laso. jesús f. salvadores

José Luis Gavilanes Laso. jesús f. salvadores

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e. gancedo | león

Unos almacenes de ‘gente de orden’ en la avenida de Roma. Un perro pastor que decide morir en Nochebuena. Unos versos inspirados en las preferentes de Caja España. El León real y el León de la imaginación —que tantas veces se entrecruzan o solapan— protagonizan Del alba a las cenizas (editorial Cultural Norte), el libro de relatos que José Luis Gavilanes Laso, profesor de Lengua y Literatura Portuguesa en la Universidad de Salamanca, ya jubilado, presenta hoy a las 20.00 en el ILC.

—¿Narraciones ficticias, vivencias reales o una mezcla de ambas cosas?

—El Del alba a la cenizas el lector se encontrará, por un lado, con una galería de textos literarios genuinamente imaginativos, a los que se les puede aplicar ese dicho tan común en lo cinematográfico de que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. En otras narraciones la ficción aparece en mestizaje con la realidad. Y, por último, hay también textos que responden simplemente a vivencias del propio autor.

—¿Camina con los ojos muy abiertos, cree que en cada día y en cada rincón se esconden argumentos literarios?

—No me cabe la menor duda. Todo lo que alcanza nuestra percepción, sea a través del oído o de la vista, puede ser objeto de reflexión si no se carece de un mínimo de sensibilidad. Sólo resta, con mayor o menor talento, ponerle letras, que son como ruedas para que no se detenga con nosotros en el último suspiro, y de este modo pueda continuar en provecho de las generaciones venideras; es el origen primordial del texto escrito, al menos así lo indicaban los prólogos de los libros medievales.

—Y algo de ‘saudade’ también figura como ingrediente en la receta, ¿no? ¿Siente que tiene una deuda intelectual y sentimental con el país vecino?

—Es imposible liberarse, ni siquiera desintoxicarse con lo que uno ha convivido durante cuarenta años. Y sin ser siquiera consciente de ello, cualquier portugués mínimamente perspicaz, o bien lusista, lusófilo o lusólogo, encontrará en mí expresiones y tendencias hacia la cultura de ese pequeño pero gran país por donde se nos hunde el sol. Aunque a veces el portugués tiene fácil propensión a caer en la aparatosidad ceremonial e incluso en el exceso (dice Lope en una de sus comedias: «tanto lloráis, ¿acaso sois portugués?), resulta que a los españoles los portugueses nos ganan con creces en educación y cuidado de las formas.

—¿Qué autores te han influido más en temas y estilo?

—Mi curiosidad no tiene límites. No obstante, según ha ido transcurriendo mi existencia las preferencias literarias han sido distintas, emparejadas, claro está, con las influencias. Comencé muy temprano a leer a Pío Baroja, y creo que me ha marcado como observador de lo amargo cotidiano. En cuanto al estilo, tengo un tributo de deuda y admiración por Vergílo Ferreira, gran escritor propuesto por Fernando Carreter para un Nobel que sólo ha conseguido Saramago para las letras portuguesas.

—También se ha venido distinguiendo por su labor reivindicativa en favor del patrimonio leonés. ¿Qué ocurre en esta tierra para que no acertemos a ponerlo en valor y sacar de él un legítimo rendimiento?

—Tras mi jubilación, lo mejor que he tenido en mi vida social es haberme hecho socio de Promonumenta, la organización que está luchando con mas ahínco en la defensa del patrimonio leonés. Un patrimonio cuya puesta en valor se haya dificultada, más que por la incompetencia de sus responsables, por la escasa sensibilidad de las gentes que habitan estas tierras. Si apenas se nos forma para ser sensibles con las personas que sufren, ¡qué se puede esperar de la conmiseración sobre las piedras! A esto se añade incomprensibles luchas intestinas como sucede en la Plaza del Grano, que por el quita o pon unos cantos de una manera u otra se ha llegado a lo del perro del hortelano: ni hacer ni dejar hacer.

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