Diario de León

CULTURA

El paraíso leonés de Camilo José Cela

La montaña leonesa fue su paraíso. El frío de La Vecilla le permitió sobrevivir a la tuberculosis, en plena Guerra Civil. Nunca olvidó la suculenta cocina de la fonda Ricardo. Camilo José Cela vendría muchas veces a León, incluso a rodar un anuncio para Campsa

Camilo José Cela en el Hostal de San Marcos cuando vino a rodar un anuncio para Campas

Camilo José Cela en el Hostal de San Marcos cuando vino a rodar un anuncio para Campas

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verónica viñas | león

La tuberculosis fue su salvoconducto. Tras un breve escarceo en la sierra de Alcubierre, en los Monegros, en la que resultó herido, Camilo José Cela se libra de seguir combatiendo en la Guerra Civil por padecer tisis. El joven, que medía 1,80 y pesaba 62 kilos, intenta entonces regresar a Galicia. Las comunicaciones son difíciles y está enfermo. Tras varios días de viaje en tren, llega a León. Tiene fiebre. Decide pedir ayuda a su tío Pío, hermano de su padre, que era ingeniero de Obras Públicas. Su tío le lleva a la consulta de Olegario Llamazares, quien, además de confirmar la enfermedad pulmonar, sentencia que está malnutrido. Ante semejante diagnóstico, su familia leonesa envía, con gastos pagados, a una pensión de La Vecilla.

Un episodio que recordaría en sus Memorias: «Desayunaba tres huevos fritos con panceta, morcilla o chorizo, según los días o a elegir, un plato sopero de papas de harina de maíz con un dedo de azúcar encima, dos tazones de café con leche también con mucho azúcar, uno mojando tostadas de pan de mollete con mantequilla y otro secándolo con quince o veinte galletas de María Artiach, y dos manzanas y dos plátanos. Almorzaba un plato de sopa de fideos o de macarrones muy espesa, una sopa substanciosa y como está mandado, otro plato de lentejas con arroz y generosos tropezones de jamón, oreja, morro y torreznos, o de fabada, y dos libras, no creo que le faltase mucho, de carne roja y sangrante con una sopera de patatas cocidas sobre la que dejaban caer una rumbosa y liberal pella de mantequilla, lo acompañaba todo con una hogaza de pan candeal que comía casi entera y dos vasos de vino tinto del Bierzo pero en vaso de agua, que cabe más; siempre me daban postre de cocina… Merendaba… y cenaba… cuando me iba a dormir, me acordaba de mis padres y mis hermanos pasando hambre en Madrid y me remordía un poco la conciencia…».

Seguramente fue entonces cuando descubrió los placeres de la comida, que ya no abandonaría jamás. En febrero del 1938 dejará, ya repuesto, La Vecilla.

Este episodio lo rememoraba en 1993 en una entrevista concedida a este periódico, cuando viene a Hospital de Órbigo a rodar un anuncio de 30 segundos para Campsa por el que desfila el héroe Suero de Quiñones. «Estuve en León durante la Guerra Civil, en La Vecilla, reponiéndome en la fonda de Ricardo. También pasé algunos permisos en León, donde vivía mi tío Pío, en la calle Padre Isla número dos. Me acuerdo perfectamente. Era un León en guerra, un tanto revuelto y un tanto disparatado. Tenía entonces 21 o 22 años», relató Cela.

La medicina y León estarán inexorablemente unidos en la biografía de Cela, quien en 1968 imparte una memorable conferencia en el Colegio de Médicos de la capital leonesa bajo el título Examen de conciencia de un escritor.

En 1973 volvería a León, en esta ocasión a las caldas de Nocedo, para superar una afección de garganta. El montañés Leonardo Morán mostrará a Cela los secretos y bellezas del Curueño.

En la revista catalana Mundo el escritor gallego publica una crónica de un viaje por tierras bercianas, con especial mención al desaparecido museo de la familia Yebra: «Estuve en los Barrios, en el municipio de los Barrios de Salas, a una legua de Ponferrada, capital del Bierzo alto, donde el Reino de León empieza a hablar en gallego... Fui a visitar el museo de don Adelino Yebra, coleccionista curioso de todas las curiosidades, platos y soperas de Sargadelos, pistolas, sellos isabelinos, monedas árabes, visigodas y cristianas... El museo guarda innumerables minúsculos tesoros que son carne viva de nuestra propia historia. A mi comprender convendría evitar que se desbaratase...».

León se entrecruza constantemente no sólo en la vida de Cela, sino en su obra. En el epílogo de La familia de Pascual Duarte, cuando el escritor encuentra las cuartillas autógrafas del protagonista, base argumental de la obra, quiere confirmar el desenlace de este personaje. El escritor se dirige al capellán de la cárcel, don Santiago Lurueña y a don Cesáreo Martín, cabo comandante del puesto de La Vecilla, que asistió a la ejecución de Pascual Duarte.

En 1958 Cela convocaba a la prensa en su domicilio madrileño para comunicarles que el poeta villafranquino Ramón González-Alegre Bálgoma había adaptado al teatro su obra La familia de Pascual Duarte, y que sería estrenada por Claudio de la Torre.

De Valdeteja era el bruto personaje que puso a su hijo el nombre de Cojoncio por una apuesta, según cuenta Cela en La colmena. Cojoncio Alba deshonraría a la joven Dorita en un episodio en el que el Nobel de Literatura saca su vena más cáustica: «El seminarista, que llegó a canónigo de la catedral de León, la llevó enseñándole unas estampitas de colores chillones, que representaban milagros de San José de Calasanz, hasta las orillas del Curueño y allí, en un prado, pasó todo lo que tenía que pasar. Dorita y el seminarista eran los dos de Valdeteja. La chica, cuando lo acompañaba, tenía el presentimiento de que no iba camino de nada bueno, pero se dejaba llevar, iba como medio boba...».

Cela también se acuerda de León en su Diccionario geográfico popular de España, donde incluye léxico, dichos populares, canciones tradicionales y una sugestiva caracterización en romance de las peculiaridades de las mozas babianas.

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