MINORÍAS ABSOLUTAS
La pérdida
Se apresura el mundo a poseer. A ser dueño y parte de alguien o algo que nos ha de hacer crecer por el simple hecho de tener o ser tenido. Nos movemos en torno a la inquietante vacuidad de llenar sin saber qué hay antes en esa bolsa que es nuestra vida personal.
Somos tan poco sin todo lo que nos rodea y define. Sin esos zapatos, esa lámpara de firma, sin esos libros concretos que hacen que seamos lectores de este género y no del otro... esas gafas... ese coche... ese lugar de vacaciones y no otro... esa elección y no otra que nos convierte en un ser sin sentido envuelto en algo real que nos da lugar en esta sociedad.
No hemos aprendido a ser alguien aun vacíos de cosas. No sabemos vivir sin la posesión y por tanto no sabemos gestionar la pérdida como ese mal presente en todo ser que posee. Nuestra libertad se ha rodeado de un lastre imprescindible sin el que no concebimos el concepto de libertad. Curiosa incoherencia: cuanto más lastre, más creemos en nuestra libertad.
«Siento que soy libre, pero sé que no lo soy» decía Ciorán. Sólo en la desposesión nos acercamos un poquito al conocimiento real de lo que somos, miserias y despropósitos incluidos; incoherencias vitales también incluidas.
Perder es sinónimo de poseer. Van irremediablemente unidos. Perder un amor, perder con la muerte la vida de alguien a quien queremos, perder la voz de un cantante como Manolo Tena, perder la cotidianidad actoral de Chus Lampreave, están en el lugar de las pérdidas que más nos sobrecogen. Tal vez debiéramos darnos cuenta de que esas pérdidas siempre están en el orden interno de nuestra conciencia. Que la posesión en esta situación no tiene el mismo calado que la material. Duele infinitamente menos perder una lámpara, perder una herencia, perder un disco o perder un DVD. El objeto nos atrapa la libertad, pero la pérdida que marca en lo profundo está en el orden inmaterial de la realidad.
Arden las pérdidas, parafraseando a Antonio Gamoneda, cuando «estamos solos entre dos negaciones como huesos abandonados a los perros que nunca llegan». Las pérdidas, las que nos fundamentan, hay que saber sufrirlas. Hay que alimentarse del llanto interno para superar el ciclo de desaparición. Sólo así somos conscientes de lo relevante que nos conforma como seres humanos, pues hay demasiadas «cosas» que distorsionan la necesidad para conducir nuestras vidas. Decía Confuncio: El que acepta sufrir, sufrirá la mitad de la vida; el que no acepta sufrir, sufrirá durante su vida entera.
No es fácil ser dueño de uno mismo. Saber asumir con entereza las pérdidas que jamás nos parecen justas. No es fácil saber ser sin tener. El duelo que necesitamos jamás se comprende del todo. Decía William Shakespeare que todos pueden controlar un duelo excepto el que lo tiene.
Pareciese pues que poco importa en esta vida. Y no nos equivocamos del todo. Todo importa y nada es imprescindible. La pérdida es nuestra compañera. O a la manera de Ciorán: El hecho de que la vida no tenga ningún sentido es una razón para vivir, la única en realidad.