MINORÍAS ABSOLUTAS
Levanta-tazas
La naturaleza se revela clarividente. Recientemente hemos sabido que para “ser alguien” en ciertos círculos populares, vale más tener huevos que neuronas. Eso sí, que no pidan tampoco un ejercicio de valentía asociado a esa testosterona estéril y banal, porque para eso ya es necesaria una conciencia y una voluntad en pro de la dignidad que muchos zoquetes son incapaces de sostener.
Llevamos unas semanas con el caso inquisidor de Cassandra en la boca de todos los medios de este país. Resulta que hasta los jueces han de pronunciarse ante las patochadas que en primer lugar una adolescente, y en último lugar una mujer de veintipocos, va soltando por una u otra red social. Cassandra ha sido el escarmiento doctrinal que las nuevas líneas neocons españolas quieren ir forjando en toda la estructura política y judicial en nuestro país. Un conservadurismo tenaz que poco a poco va limando las libertades para elevarlas a rango de sacrilegio moral mientras vemos pasar las denuncias y los castigos ejemplarizantes a todo tipo de persona -con o sin formación- que expresa lo que se le pasa por la cabeza.
Lo de Cassandra es sorprendente. Digo esto estando mayoritariamente en contra de casi todo lo que esta mujer suelta por su boquita como desahogo en las redes sociales. Pero resulta mucho más espeluznante que nuestro gobierno actúe de facto en denunciar, acusar y condenar a una persona por expresar su opinión, acertada o no, en un juguete cada vez más peligroso como las dichosas redes sociales. No ha soltado esas frases ninguna representante de instituciones públicas, no es ni presidenta de una comunidad ni asesora personal de ningún cargo relevante, es una chavala que le gusta llamar la atención y desahogarse sin más. No conozco a nadie que no haya soltado alguna vez un “ojalá te mueras”, “me cago en tus muertos” o un “así le atropellen” en una rabieta de bar, en una bravuconada amiguil, o en una situación tensa entre uno o más conocidos. Esos círculos ahora se han abierto a las redes sociales y queremos darle una credibilidad e importancia que para nada tienen y que jamás deberían atentar contra los fundamentos básicos de la libertad. Distinto es que un asesor del partido que gobierna nuestro país se enfrente a cornadas verbales y con amenazas de cromañón -taza en mano incluida- a otro contertulio en una televisión pública, tal y como ejerció el ínclito José Antonio Martínez-Abarca. Con sus huevos mediante es capaz de solventar los problemas de jueces y demás imputados. Lástima que el diálogo y la cordura no le lleguen a la altura de… la taza.
Lo dicho, es espantosa la arbitrariedad con que la justicia aborda leyes esperpénticas que dejan la dicción democrática a la altura de los años 50 de nuestro país. La rabieta de bar se penaliza y a los levanta-tazas se les deja tranquilos en la amenaza constante. Una sinrazón peligrosa si esto sigue así. La libertad de expresión puede levantar ampollas, pero la falta de ella es la aniquilación de la democracia que tanta sangre y lucha le ha costado a occidente.