Diario de León

León tarda 40 años en rendir homenaje a Roberto Rey

Le comparaban con Manolo Escobar por su timbre de voz, su estilo y su planta. Apareció muerto hace cuatro décadas cuando estaba a punto de tocar el cielo artístico, y desde entonces su figura de ‘galán de la canción’ quedó sepultada en el olvido. El domingo se le recordará, por fin, en Villaestrigo. .

Roberto Rey, junto al monumento al minero de Fabero, en el apogeo de su carrera. ARCHIVO

Roberto Rey, junto al monumento al minero de Fabero, en el apogeo de su carrera. ARCHIVO

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e. gancedo | león

La desconocida historia de Roberto Rey, de su fulgurante y efímera popularidad —y de su enigmática muerte—, es una de las más ilustrativas que pueden existir en el mundo de la música sobre lo cruel que puede llegar a ser a veces el olvido y sobre la médula de injusticia que siempre esconde esa montaña rusa que se da en llamar fama.

Rey había nacido en la localidad leonesa de Laguna Dalga en 1944 y apareció ahogado en el río Tajo, no lejos de Aranjuez, el 18 de agosto de 1977. Entre estas dos fechas se extiende una vida de mucho trabajo y de voluntad admirable, un foco siempre puesto en un único objetivo: llegar a triunfar en el mundo de la música. Empezaba a ser conocido en todo el país gracias a sus canciones raciales, emotivas y regionales, muy en la línea de Manolo Escobar —a quien le unía un sorprendente parecido en cuanto a físico y tono de voz— cuando se le halló muerto. Las casetes con su rostro y sus títulos poblaban las gasolineras de aquella España de turismo campanudo, Seats seiscentos y emergente nivel de vida, y la casa internacional Philips, que le produjo casi todas sus grabaciones, le presentaba como ‘el galán de la canción’ y le tenía preparado además un ambicioso plan de lanzamiento.

De todas esas cosas se hablará, este domingo 13 de agosto, en la localidad paramesa de Villaestrigo, no lejos de Laguna Dalga, en el homenaje que se le tributará a partir de las 18.00 horas en la plaza principal del pueblo. Aunque parezca increíble, se trata del primer acto de recuerdo que se organiza en torno al legado de Roberto Rey en cuatro décadas, y en gran parte se debe a los desvelos de quien fuera su amigo y autor de muchos de sus más conocidos temas, el madrileño Francisco Maganto Pérez.

Así, el evento consistirá en una charla en torno a la vida y la obra de Rey, nacido como Roberto Martínez Álvarez, por parte de Maganto, con la audición de varios fragmentos de canciones, seguida de un coloquio abierto y participativo que culminará con un pequeño aperitivo para todos los presentes.

Maganto, veterano compositor y músico, y autor de muy diversas creaciones, alguna tan singular como la obra coral polifónica Himno a la Hispanidad, se había propuesto como objetivo personal la celebración de algún tipo de homenaje a Rey —e incluso de un pequeño festival en su honor— pero se ha venido topando, una vez tras otra, con la incomprensión de las instituciones y con el oscuro pozo de olvido en el que ha caído esta figura. A raíz del reportaje que este periódico dedicó al artista el pasado mes de febrero, Francisco Maganto dio a conocer su incansable búsqueda, y gracias a una serie de casualidades y contactos entró en contacto con una asociación local de Villaestrigo que también tenía en mente la organización de un reconocimiento público. Del mensaje que envió al Ayuntamiento de Laguna Dalga —localidad que ni siquiera le ha dedicado un calle— nunca obtuvo respuesta.

Raíces profundas

De familia muy humilde dedicada a trabajar en fraguas y curtidurías, procedente de la zona de los Oteros, siendo muy joven marchó a trabajar a los astilleros gijoneses, ciudad cuyos escenarios fueron los que primero pisó en su vida. En el cementerio de El Suco está enterrado y en muchos de sus temas da buena cuenta de un intensísimo amor asturleonés. Así, el Canto a León empieza: «Voy pregonando en mi copla/ a la tierra en que nací/ y a ese rincón chiquitito/ donde a cantar yo aprendí./ Virgencita del Camino, acoge bajo tu manto/ a León y su provincia/ a las que yo quiero tanto». Y en la Balada de León y Asturias entonaba: «En el puerto de Pajares/ León y Asturias se abrazan/ tienen en común la sangre/ porque son tierras hermanas./ Y sus gentes son las mismas/ gentes sencillas y llanas/ y sus ríos son sus ríos/ sus montañas, sus montañas./ Tierras de León y Asturias/ ¡escuchar la mi balada!/ aunque mi voz temblorosa/ no acierte a decir palabra».

Nadie sabe qué sucedió aquella noche de agosto. El coche apareció unos metros más allá, a orilla de la carretera y sin ruedas. Aquel Simca 1.200 de color granate guardaría las claves de un suceso que calló para siempre la voz del ‘Escobar leonés’.

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