MINORÍAS ABSOLUTAS
Jhon & Joan
Es muy extraño, y sé que tú/ sabes que no hay bastante extrañeza/ en el mundo, sólo pedales más húmedos y furiosos/ como gobernantas ante lo que debió de llegar antes que el envoltorio plateado».
Yo también lo sé John, no hay bastante extrañeza como para enlutar un continente, un país, tal vez el mundo por un escaso minuto al saber que un poeta, su voz, su insurgencia, acaban apagándose con la naturalidad con que la nada acecha a nuestra imperfección de carne.
Te vas con nueve décadas posado en este planeta, con el olor de las manzanas de tu juventud, con las vías abiertas al amor y su desobediencia, a la manera en que lo hizo Whitman. Tu amor por el lenguaje y su libertad fue ejemplo para esas inmensas minorías que creemos que la magia tiene lugar en el pensamiento, que la emoción y la comprensión pueden ir unidas pero no es una necesidad para el estímulo vital, que los silencios dicen tanto y tan importante como el espacio que ocupan.
Querido Ashbery, era inevitable, el tiempo y sus sarcasmos, pero también tiene derecho a lo inevitable la tristeza de esta pérdida.
Recuerdo haber leído las palabras de nuestro premio Leteo Paul Auster hablando de ti: «Pocos poetas poseen hoy día su misteriosa habilidad para socavar nuestras certidumbres, para articular tan plenamente las zonas más ambiguas de nuestra conciencia». Esa ambigüedad es la que detestan los planos, los de pensamiento acomodado en la ideología sin más.
Tú, tus poemas, fueron eso, azadas que generan surco en la certeza; abriéndola, haciéndola respirar de otra manera. Nuevamente recuerdo haber leído tu libro El juramento de la pista de frontón editado en Calambur y traducido de manera brillante por Julio Mas y pensar en la manera que podríamos tenerte en esta ciudad-poema que es León. Ese año el Leteo cojeaba –malditos dineros- y no pudo ser, pero tuve en los labios tu lengua fragmentaria, tu insolencia exquisita, toda esa alquimia necesaria para transformar –pese a que muchos siguen en el error de creer que la palabra no es acción- nuestra comunidad más cercana a través de tus escritos.
Creo en las casualidades concertadas, por eso entiendo que, el mismo día de tu muerte, se haya ido otro que supo mirar tan bien como tú. Joan Colom, el hombre que supo ver la entraña misma de lo humano en el Raval, se fue contigo. Tú a los noventa, él a los noventa y seis. Teníais que haberos conocido. John y Joan, El Hudson y el Raval, dos inmensidades desde la concreción imprecisa de lo que se debe o no mostrar.
Amantes ambos de esa humedad que genera el suburbio –entiéndase éste de la manera más metafórica posible-. El azar no deja normalmente cabos sueltos, ha querido reuniros como ejemplo de conmoción en el arte de contar sin tener que decir del todo.
Hoy creo que Juan Carlos Mestre sí creería que el niño John y el niño Joan tienen algo en común. Pienso como él: «Cuando se hace de noche la sombra del niño John sueña que es la sombra del niño Juan cuando se ha hecho de día». O viceversa.