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rafael saravia
León

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Quiero comenzar esta columna con una condena rotunda a la violencia gratuita con la que parte de las fuerzas de seguridad del Estado actuó este pasado domingo en Catalunya. Muchos dirán que no son todos, que del otro lado también hubo agresiones. La realidad es que quien utiliza la violencia contra gente pacífica ha de ser juzgado, sea éste un policía o un manifestante. Para quien defiende que la ley está para cumplirla a costa de cualquier cosa, le contesto con una reflexión de Thoureau: «Es más deseable cultivar el respeto a lo justo que el respeto a la ley».

La solución era clara: sanciones administrativas para quien abriese colegios electorales y, ante la falta de garantías que tenía esta consulta, declarar su resultado no vinculante y por tanto ajeno a cualquier resultado oficial. Mandar policías a pegar a ciudadanos es propio del matonismo que muchos recuerdan en los 70. Todo demasiado gris de nuevo.

La situación que está viviendo España en estos días es sin duda la más peligrosa que conozco en mis casi 40 años de vida. La polarización entre catalanes y el resto de españoles está perdiendo el norte y llegando a juicios personales de odio y terror como nunca se habían visto en democracia. Mucha gente no le ha quedado claro que esto no se trata de ser español versus catalán. El juego de banderas como elemento de segregación es doloroso y arcaico.

Todo esto trata, como siempre, del poder de unos pocos en detrimento de unos muchos. Dos frentes nacionalistas, encabezados por Rajoy y Puigdemont, ambos plagados de casos de corrupción en sus filas y representando a las élites que se enriquecen a costa de los trabajadores. Ambos fanáticos que se saltan las normas del diálogo político para imponer su postura a costa de cualquier víctima. Ambos adalides del 3% y su perversión.

En las últimas votaciones en Catalunya en el 2015, donde votaban sólo los catalanes, surgieron estas cifras que no tienen trampa ni cartón. Catalunya tenía una población de 7.518.903 habitantes, de los cuales, en edad de votar 5.510.853. Los que votaron fueron 4.130.196. La participación fue de casi el 75%. De ese 75% de votantes, los que se declinaron por votar a partidos abiertamente independentistas, fueron un 47,9%. Es decir, que menos de la mitad de los votantes catalanes estaban a favor de la independencia. Esto es sin duda un referéndum y quien no respete la decisión popular por el simple hecho de que no sale lo que él quiere acaba siendo un golpista.

Dicho esto, una reflexión más. Desde que está Rajoy en el poder, los votantes de JxSí han subido 1% y siguen subiendo, pero los de la CUP han subido un 167%. Jamás ante una situación tan grave el gobierno de una nación ha sido tan inepto e inoperativo como lo está siendo el gobierno de Rajoy.

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Las urnas jamás deben doler a una democracia. Y los ciudadanos jamás debemos acosar a nuestros semejantes por opinar diferente. No les hagamos el juego. Cualquier nacionalista, español o catalán, debería escuchar esta frase de Camus: «Amo demasiado a mi país para ser nacionalista».