MINORÍAS ABSOLUTAS
Años de mayor cuantía
Sin pensar en enmendarle la plana a Tomás Sánchez Santiago, más bien asumiendo su palabra como la del oráculo que guía en el desconcierto, vengo hoy con la idea de reformular mi año.
Como él expone en su Años de mayor cuantía (Eolas, 2018), se toma la medida del tiempo no por la signatura de los meses o años que hemos vivido, sino por los acontecimientos que nos suceden con el transcurso del tiempo, quedando la memoria ligada de manera misteriosa a hechos personales, íntimos o de notoriedad pública que impactan sin saber siempre por qué la relevancia en nuestro calendario vital particular.
De esta manera, inmersos como estamos en la vorágine de ferias del libro y celebraciones de la lectura, hoy quiero reformular este último año de mayor cuantía en 4 lecturas que sí suponen un reloj en mi memoria lectora de este año. Os las comparto.
Una sin dudarlo es el libro de Tomás, creo que la pulcritud con la que festeja el amor por las palabras, su configuración, su revoloteo, su insurgencia, su lugar físico y simbólico hacen de este libro hogar para cualquier lector cuya exigencia sea la delicia y el amor por lo bien contado. Otro narrador incuestionable es Alberto R. Torices; este recuerdo mío se ancla en su Trata de olvidarlas (Trea, 2017) y la conmoción del amante no debido a sus víctimas y saqueos sentimentales, sino al latigazo que supone el tiempo, la memoria, lo que pudo ser, lo que realmente fue en el juego del pecado, la culpa y las ganas entre tantos actores como juegan en el pugilístico arte de la seducción como matadero carnal propio y ajeno.
En el campo de la poesía tendría innumerables atisbos, fechas y experiencias a recordar en este año, pero quiero, sin despreciar a las demás, hacer visibles dos. No porque se eleven en calidad a otras que están sin duda a la altura de la mejor verdad, sino porque el momento de lectura, la proximidad, hace que recuerde esa experiencia con estos títulos. Uno de ellos es Fósforo blanco (Isla de Siltolá, 2015), el tercer libro de poemas de Pedro Luis Casanova. No he leído su obra anterior, pero pareciese al leer este libro que la conciencia poética de Pedro tiene décadas de rigor y una potencia inusitada para todo lo hondo que escarba. Es sin duda un libro que no tiene tiempo y por tanto obra que perdurará. Un hallazgo que por edad lo coloca como colega coetáneo, pero que por valor en este año de mayor cuantía lo sube a la categoría de referente y maestro.
Termino, por aquello de que el azar no necesita justificarse, con un recién salido De cuna y sepultura (Gallo de oro, 2018) de Javier Sánchez Menéndez. Unos poemas que llevan cociéndose a fuego lento, desde hace décadas, para generar un poso de sabiduría y fe en el conocimiento –el de verdad- que deshace lo importante de la sociedad para darle valor primordial a lo íntimo y existencial. No necesita justificarse Javier, por eso lima y descuelga palabra destilada y necesaria hoy en día, a la manera de los antiguos.
Jueguen con estas recomendaciones, tal vez sean parte de sus recuerdos de mayor cuantía.