Diario de León

Cultura ■ Obituario

Adiós al coloso de la literatura Philip Roth

Enredado con el sexo en su vida y en su obra, fue un titán de la literatura demonizado por sus ex y el feminismo.

Foto de archivo del escritor Philip Roth. MIGUEL RAJMIL

Foto de archivo del escritor Philip Roth. MIGUEL RAJMIL

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miguel lorenci | madrid

Philip Roth ha sido un coloso literario, un titán de las letras, pero también un demonio enredado con el sexo en su vida y en su obra, con las que se ganó la etiqueta de misógino, la animadversión de muchas de sus ex y la inquina del feminismo. La muerte del estadounidense Philip Roth a los 85 años en un hospital de Manhattan deja el mundo de las letras sin uno de los grandes narradores del siglo XX, candidato «eterno» al Nobel que, sin embargo, nunca consiguió. La furia erótica de sus personajes tiranizados por la testosterona es una de las claves de su literatura. Su vida, como su obra, estuvo marcada por sus tormentosas relaciones con las mujeres, desde una madre castradora hasta sus dos infernales matrimonios y divorcios y sus incontables amantes y aventuras. Las ficciones de Roth, quizá hoy impublicables, se encadenan al sexo desde su debut en 1960 con Goodbye, Columbus, cinco relatos y una novela corta, hasta Némesis, el libro con el que se retiró en 2009 rozando el Nobel. Roth desencadenado, de Claudia Roth Pierpont, biógrafa bendecida por el autor, pero sin relación familiar con él, demuestra cómo vida y obra son caras de la misma moneda. Cómo autor y personaje sitúan el sexo en el centro de sus vidas.

Es patente en su personaje más relevante, Nathan Zuckerman, ‘alter ego’ del escritor en nueve de sus novelas, judío nacido, como Roth, en Newark, en 1933, universitario, enrolado en el ejército y luego escritor que desprecia y ridiculiza a los judíos.

Abundó en esa mezcla de humor, judaísmo, introspección psicológica y alto voltaje sexual en El lamento de Portnoy. La novela que le hizo rico y famoso se arma en torno a las obsesiones eróticas de su protagonista, el adolescente Alexander Portnoy. Reprimido por una madre dominante, ultrarreligiosa y sobreprotectora, se masturba como un bonobo en el baño, en el autobús, con una manzana o sobre un filete de hígado para sacudirse la estricta moral judía y relatárselo a su psicoasnalista. «¡Portnoy, déjatela en paz!», le gritaron por la calle unos lectores que vieron a Roth en su personaje. «El sexo con y sin amor» está en su obra «junto a la necesidad de encontrarle un sentido a la propia vida, de cambiarla, a padres e hijos, la trampa del yo y de la conciencia y los ideales americanos», señala su biografía, que detecta estas señales en Pastoral americana, Me casé con una comunista y La mancha humana.

Matrimonios destructivos

Dos mujeres marcan la vida y obra de Roth: Maggie Williams y Claire Bloom. Su tortuoso matrimonio con la primera fue «el más dolorosamente destructivo y de influencia más duradera desde el de Zelda con Scott Fitzgerald», afirma Claudia Roth de una terrible relación que determinó las sucesivas. Divorciada y con dos hijos, fingió un embarazo para forzar la boda y luego un aborto. Intentó suicidarse y murió en un accidente de tráfico poco después de su traumática separación. Un siniestro «liberador» para Roth, a quien «le llevó un tiempo superar ese matrimonio», pero que «se convirtió en un escritor mucho más libre», según Claudia Roth.

Lastrado por el trauma matrimonial, coqueteó Roth con Jackie Kennedy -«fue como besar a un cartel publicitario»: así resumió su única cita-, se relacionó con la adinerada Anne Mudge -«uno de los grandes amores de su vida»- y se consoló con una brillante estudiante de historia de las religiones. Lo peor llegó con la actriz Claire Bloom, «la rosa inglesa» de la que se enamoró al verla en Candilejas, la mítica película de Chaplin, y con quien Roth viviría otro infierno que acabó en «una depresión suicida» y en el ingreso psiquiátrico de él en 1993.

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